Y dejo un espacio en mi maltrecho neceser para un botecito de quita-esmaltes y una pequeña laca de uñas de algún color intenso de los que me gustan. De los que alegran cualquier día. De los que resaltan en los días de más polvo en el camino, y polvo en la ropa, y polvo también en el cuerpo. De los que son tan bonitos que juegan a la distracción y hasta disimulan tu pelo anárquico después de un día duro, y también las ojeras de una mala noche en cualquier transporte público donde tu chaqueta con solera a ratos se convierte en almohada, y a ratos te tapa del frío que empieza a hacer en las madrugadas de cualquier lugar del mundo.

Y también viajo…

Con una minúscula planchita de pelo que funciona más como placebo que en su función habitual de arreglar desbarajustes capilares. Una planchita que la mitad de los días no puede ser enchufada, y la otra mitad pierde la partida frente al móvil sin batería. Pero oye, yo la llevo, y nunca estorba, nunca ocupa demasiado, porque de vez en cuando a una le gusta sentirse guapa, y se da la circunstancia de que la planchita tiene lugar para ser enchufada. Y esos días te lavas el pelo con más mimo que nunca, y te imaginas que estás en un salón de belleza, te peinas con esmero, te miras a los pequeños trocitos de tu espejo de mano que han sobrevivido a tus tutes mochileros, y lo haces. Te pasas tu planchita por ese flequillo cada día más salvaje. Dos minutos. No necesitas nada más. Una simple pasadita y listo. Y sonríes. Estás preciosa. Poco importa el agujero in crescendo del short vaquero que ha aguantado tus mil y una batallas por el mundo. Y la camisa descolorida de tanto lavar, con agujeros incipientes que intentas disimular con tu poco arte en la costura. Y las chanclas medio rotas por las últimas piedras del camino. Nada importa. Estás preciosa y punto.

Y también llevo…

Mi barra de labios favorita, esa de Margaret Astor de color coral que solo venden en el verano, y que cuido como una posesión preciosa porque sé que no tendré opción a comprar una nueva si esa se pierde. En realidad lo es. Es una posesión preciosa. Me hace sentir la mujer más bonita de la Tierra, esté donde esté, vaya donde vaya. Y sobre todo en esos días en los que hago amigos nuevos, y quedamos todos juntos para tomar una cerveza y quizá ir a bailar un ratito, es sábado, en el hostel ponen música. Esos días uso mi barra favorito. Y la combino con ese vestido deshilachado que ya debería haber pasado a mejor vida, pero que me empeño en seguir usando, porque es el único que tengo en mi mochila, y me gusta, y me hace sentir guapa. Y mucho más con mi barra de labios color coral.

Y también acarreo…

Mi lapiz negro de ojos. Porque a una siempre le ha gustado eso de ir arreglada. Al menos un poquito. Y su lápiz negro le gusta. Siempre le ha gustado. Porque una tarda un segundo en pintarse los dos ojos y sabe hacerlo en buses en marcha, caminando por la calle y hasta en plena noche sin luz. Y no cree que algo tan sutil como una rayita fina de ojos interfiera en su viaje, ni tampoco en su vida. Porque no la necesita. Pero le gusta, le gusta y punto.

Y también cargo…

Con un botecito de rosa de mosqueta, como crema de día y crema de noche y también como alivio para la ajada piel de después de las jornadas maratonianas al sol del desierto.

Y también van siempre conmigo…

Dos pequeños espejitos, uno en el neceser, y otro en mi bolsito de todos los días. Que a una no le gusta eso de no verse. Y ha nacido coqueta. Coqueta fue en la Oficina y coqueta es en la ruta y en su vida libre, pero en la ruta lo justito y sin molestar, porque una es la que es, y no quiere cambiar. Le gusta ser quien es. Y le gusta verse en el espejo.

Y a menudo piensa que no quiere ser “nada de manual”. Ni viajera. Ni mochilera. Ni nada de nada.

Las cosas “de manual” le hacen bostezar, y huye de lo “bostezante” como si fuera veneno.
Por algo tiene un “Free” tatuado en su brazo derecho.

Porque una es libre.
Y siempre hace lo que quiere.

Y es capaz de moverse por todo el mundo viajando como le da la real gana.

Sin necesidad de demostrar nada a nadie.

Ni de encajar en ningún “manual” ¡Qué cosa más aburrida!

Y reivindica el derecho a ser una misma,

Digan lo que digan… 

 

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