Martín, el “niño-burbuja”

Érase una vez…

Hace mucho tiempo, cuando yo aún peinaba dos trenzas, reía escandalosamente, odiaba las espinacas, y amaba jugar sin descanso.

Un domingo estival, en la playa que siempre frecuentaba, conocí a un niño delgadito, de pelo castaño, ojos muy negros y piel cristalina.
Estaba sentado a nuestro lado bajo una enorme sombrilla que me hacía reír. En mi familia nunca jamás habíamos usado una, y en Asturias, en aquel clima privilegiado de brisa fresca a la orilla del mar y en aquella época, escasos turistas, las sombrillas eran algo extraño para los que éramos oriundos del lugar.

Aquel niño se llamaba Martín, y el día que lo conocí, iba embadurnado de crema, llevaba una camiseta azul celeste y un enorme sombrero de paja para protegerse del sol que tenía prohibido quitarse, pero que entre risas y juegos, él a veces dejaba caer en la arena, cuando su mamá miraba para otro lado.
Acción rebelde que le supuso más de un castigo de madre histérica, que a tirones de brazo, le obligaba a volver a su vera y a su sombrilla.

“.- Martín hijo ¡te vas a enfermar! ¡no puedes estar al sol tanto tiempo jugando!
¿Te has mojado en el mar? ¡Martín hijo mío, cómo se te ocurre!! ¿No ves que se te puede cortar la digestión y te puedes morir? ¡No se te ocurra volver a hacerlo nunca más!”

Martín suspiraba resignado, y nos miraba con hastío desde la sombrilla que su mamá, había decidido, era el lugar natural en que debía estar la mayor parte de aquellas eternas tardes de verano, no fuese a enfermar, de tanto “vivir”.
Mientras tanto, el resto de amigos playeros, jugábamos sin conocer límites, con nuestras pieles bronceadas y nuestras carcajadas que hablaban de vida.

La verdad es que ninguno de nosotros enfermó, ni tampoco tuvo un solo corte de digestión en aquellos veranos felices de infancia. Nuestros recuerdos de aquellos días, y no tanto los del pobre Martín, eran tan solo de alegrías.

Todos los veranos a partir de aquel, Martín volvió a veranear en nuestro pueblo, siempre estaba feliz por volver a Asturias y reencontrarse con nosotros, pero cada año que pasaba todos observábamos, que sonreía un poco menos.

Los días que no hacía sol, en nuestra pandilla de verano nos inventábamos mil juegos nuevos, cada uno más salvaje que el anterior, a los que Martín, por mandamiento de su mamá, tenía casi siempre prohibido jugar.
Tenía prohibido subir a los árboles, bajar por el viejo tobogán oxidado, jugar a los super-héroes y saltar sin capa desde el pequeño muro del parque viejo, tocar perros callejeros, cruzar las calles principales, moverse de lugar, hablar con niños nuevos, y un sinfín de cosas más, que hacían que el obediente Martín, se pasase las tardes sentado en un rincón, viéndonos jugar.

La hora de la merienda era el peor momento del día para él. Estaba obligado a subir a su casa, lavarse las manos y comer con su mamá un aburrido bocadillo de mortadela o jamón york, mientras que el resto de niños merendábamos en la calle nuestros bocadillos de Nocilla, si es que era nuestro día de suerte, siempre con las manos color negro y las uñas llenas de todas las porquerías imaginables, después de una muy feliz tarde de juegos salvajes.

A la mamá de Martín, le horrorizaba nuestro modus operandi, y no entendía que clase de mamás teníamos, que nos permitían ser `simplemente niños´.

La cuestión fue que nunca jamás enfermamos de nada demasiado grave, y de nada demasiado persistente, mientras que el pobre Martín, verano tras verano, nos contaba calvarios con sus mil y una enfermedades invernales. No había época de gripes, resfriados, o virus estomacales que no afectase a nuestro amigo.

Una tarde, dos veranos después de conocerlo, decidimos entre todos rescatarle de aquel régimen militar que nos parecían sus días, y fuimos todos a su casa a suplicarle a su mamá que le dejase jugar a todo, como hacíamos los demás. Nos habíamos inventado una gymkhana con premio de chuches compradas con algunas pesetas rascadas de nuestros maltrechos bolsillos de niños con mínima paga, y habíamos decidido en consenso, que correríamos, subiríamos a un árbol, nos tiraríamos al suelo en una carrera que imitaría el movimiento de las serpientes, y haríamos todas esas cosas que a la mamá de Martín, tanto le horrorizaban.

Martín quería concursar, había dejado sus escasas pesetas y toda su ilusión en aquel juego nuevo, y fue ese el motivo que nos impulsó para ir a hablar con su mamá y convencerla de algún modo de que jugar a ser `niño´, era una cosa normal.

Aquella sería nuestra peor decisión estival, y de aquel intento de reunión con enemigo hostil, resultó finalmente un castigo ejemplar para Martín, que en toda la semana tuvo prohibido salir a jugar con nosotros, además de ver reducidos drásticamente sus derechos de hora de recogida, que a partir de aquel momento, fue más temprana que nunca.

Los años fueron pasando, Martín fue creciendo, y se convirtió en un adolescente alto, reservado, ojeroso, serio y con sonrisa discreta y casi secreta, que casi nunca mostraba.
Era el único de todos nosotros que no tenía cicatrices en las rodillas, que nunca se había subido a un árbol, que no había roto su ropa en hazañas imposibles, ni tampoco se había bañado en el mar antes de tres horas desde el fin de su comida.
Y sin embargo, era el más enfermizo de todos, las gripes, resfriados y el resto de virus de cada invierno, siempre enfermaban al pobre Martín.

Su mamá, le decía a nuestras mamás, que Martín siempre había tenido una salud muy delicada, y por eso ella, salvadora de su primogénito, siempre le había protegido con uñas y dientes de todos los males, a golpe de imposiciones y castigos.
“.- Lo hago por su bien-.” Decía siempre con orgullo.

Pero nosotros sin embargo, estábamos convencidos que lo que de veras le enfermaba al pobre Martín, era aquella hiper protección de madre histérica, empeñada con todo su amor, en no dejarle `vivir´ por `vivir´.

Crecimos, llegamos a nuestra mayoría de edad, y no nos volvimos a ver más. La familia de Martín cambió Asturias, por las Baleares para sus vacaciones estivales. Pero él y yo, siempre seguimos en contacto a pesar de la distancia.

Martín soñaba con ser repostero, el día en que su abuela le enseñó a preparar su famosa tarta de manzana, se abrió un nuevo mundo para él. Y la verdad, es que tenía un talento innato en la cocina, y más de una vez en nuestra adolescencia, todos nos deleitamos con sus ocurrencias culinarias.
Pero años después, sin que nadie del grupo entendiese el porqué, dejó de la lado sus sueños de infancia, y comenzó a estudiar derecho. Martín había decidido ser abogado, como su papá, y como su abuelo. Su mamá estaba orgullosa y pregonaba por tierra, mar y aire que su hijo, seguiría la tradición familiar.

Yo en mi fuero interno, nunca tuve del todo claro que esta fuera su libre decisión, ¡pero qué le iba a decir yo! Yo, que acababa de aprobar una plaza como funcionaria del Estado, dando la espalda a mi naturaleza libre y salvaje, y abrazando sin quererla, la vida que mis padres, siempre habían querido para mí, y yo desde siempre había rechazado.

Los años siguieron pasando, y la salud de Martín, siguió siendo mala. Cada año era el primero que se enfermaba de cualquier virus estacional.
Aunque él siguió por siempre haciendo lo que su mamá le había inculcado desde muy pequeñito: Era el primero en no exponerse, en cuidarse, en protegerse y en quedarse en casa si era necesario, en las épocas en las que la gripe, pegaba más fuerte.
Martín había pasado de ser un “niño-burbuja”, a ser un “adulto-burbuja”, como en nuestras conversaciones de horas vía Whatsapp, yo entre risas, siempre le decía.

Cuando mi mundo dio tres vueltas de campana, lo dejé todo, y me fui a recorrer mundo, mi buen amigo Martín me apoyó incondicionalmente, primero en mis días de hospital, y después, siguió cada uno de mis movimientos, viajes, y aventuras vía redes sociales. Se convirtió en mi mayor fan y, meses después de su susto inicial por temor a que me pasase algo, me escribió un largo mensaje, en una de sus tantas noches insomnes. Era una declaración de intenciones inesperada, me dijo que algún día, le encantaría irse conmigo. Pero eso sería algún día, primero, debía perder alguno de los innumerables `miedos´ que aprendió de mamá.

Mi historia, mis post y mis filosofías de vida, le descubrieron un mundo nuevo, y a solas, y a noches en vela, tuvo al fin la certeza de que él lo que quería al fin y al cabo, era `vivir´ de verdad.

Hace dos años, estando yo en África, tuve una conversación con él de horas infinitas.
Martín tenía 38 años, y entre lágrimas me confesó, que sentía que no había tenido infancia, ni adolescencia, y ni siquiera, había tenido adultez. Sentía que su mamá le había protegido tanto de enfermarse, de ser, de hacer, que sentía le había privado de la propia `vida´. Supo con renovada claridad, que aquellos miedos que desde pequeño, su mamá siempre volcó en él, habían hecho mella en su propia vida, y sin querer, los había adoptado como propios en su vida.

Esa misma noche, después de horas de confesiones veladas, hicimos un pacto: viajaríamos juntos. Martín vendría a África conmigo el año siguiente en sus vacaciones de verano, y juntos, nos iríamos a vivir un sueño conjunto: No iríamos a Uganda a ver a los gorilas de montaña.

Martín, aquel día, y sin ser él consciente del todo, había decidido empezar a `vivir´, y había decidido soltar para siempre, los miedos, que él y yo sabíamos, ya no le pertenecían.

Aquel sueño conjunto iluminó su vida, y de paso también la mía, el niño que fue y la niña que fui, daban volteretas en el aire de pura emoción contando los días para cumplir al fin, uno de nuestros más grandes sueños.

8 meses, 4 días, y 16 horas después de aquella conversación, nuestro sueño se diluyó.
Y ni él, ni tampoco yo, pudimos hacer nada por evitarlo.

A los 39 y un poquito, y a tan solo cuatro meses de reencontrarnos en Zimbabwe.

Martín tuvo un terrible accidente de coche.

Falleció instantáneamente.

Y nada, se pudo hacer para salvarle.

Martín era un excelente conductor, pero no lo era tanto el conductor del coche que lo arrolló tras una noche de fiesta y alcohol.
Su coche quedó destrozado, y también su vida, y sus sueños reencontrados después de una vida constreñida entre limitaciones y castigos que era contrarios al propio arte de `vivir´

Paradojas de la vida, Martín desobedeció por primera vez en aquella noche aciaga de finales de abril. Desobedeció a las Leyes Naturales, y ejerció un acto de rebeldía inconsciente ante lo natural de la muerte en orden de edad, generación por generación, despacito y como se debía, o al menos como pensaba su mamá, que nunca logró entender qué había hecho mal para que su Martín se fuese primero. Ella que tanto lo protegió, ella que tanto lo salvaguardó del mal a base de mantenerlo en la urna de cristal en la que decidió criar a su único hijo, a su pequeño Martín.

Martín en su generosidad ilimitada, falleció dejándonos la mejor y la mayor de las lecciones en vida.

Justamente él, que nunca pudo `vivir´ del todo.

Esta es la historia de mi querido amigo Martín:

El “niño burbuja”, el niño de la sombrilla, el niño que no jugaba, el niño que un día, se olvidó de sonreír. Martín, el “adulto-burbuja”, que jamás pudo vivir.

Historia basada en hechos reales.

Martín es todo niño sin cicatrices.

Martín es todo adulto que sigue esperando a mañana.

Martín es ese último hálito de vida.

Martín es ese sueño sin cumplir.

Martín es el arrepentimiento por aquello, que nunca se llega a vivir.

“No vivir, por temor a la muerte. Es la más absurda de las vidas. Y es sin duda alguna, la más terrible de las muertes en vida”
Mariu

Si esta historia, te ha gustado, te ha hecho pensar, y quieres que otros la lean ¡compártela! 

Descuento IATI

Si te ha gustado este post ¡aquí tienes más!:

(Visited 455 times, 455 visits today)

¡Únete a mi Tribu!

¿Necesitas inspiración para VIVIR, VIAJAR, SOÑAR, CUMPLIR? ¡Pues ÚNETE A MI TRIBU!

Te llegarán actualizaciones con novedades, post inspiradores, info viajera ¡y algún extra solo para ti!

¡Bienvenido/a a la Tribu! Confírmalo en tu email.