Llegué a Livingstone, en Zambia, agotada después de mis veinticuatro intensas horas de autobús  sin poder dormir, ¡pero feliz de estar después de todo!

La ruta que seguimos tras la frontera de Katima Mulilo de salida de Namibia y entrada a Zambia ¡me apasionó! ¡Sentí que había llegado a esa África-África que siempre había tenido en mente! Estaba nerviosa, ilusionada, expectante, ¡iba a tener las Cataratas Victoria casi al ladito!

En la frontera de Katima no pude conseguir la KAZA Visa*, y tuve que pagar los cincuenta dólares de visa solo para Zambia. Así que por esta razón, ya que había tenido que pagar tanto, decidí quedarme más tiempo allí que los dos o tres días que en principio tenía en mente, y disfrutar un poco de ese país que a priori, y a vista de bus, ¡me había encantado!

Llegué al “Café Zambezi” el hostel en el que tenía reservada mi primera noche a través de una buena oferta, y supe nada más llegar que había elegido muy bien, y que allí estaría muy pero que muy a gusto, ¡como así fue finalmente! Estaba agotada después de todo el viaje, pero a la vez tenía unas ganas locas de Zambia. Así que, como era la hora de comer, me cambié, me fui a comprar comida, ¡y me empecé de paso a enamorar de la gente de allá! Era febrero, temporada baja, y había poco turismo, con lo que ¡mi llegada revolucionó la vibrante calle de mi hostel! Todo eran sonrisas, presentaciones, conversaciones y amabilidad extrema. Sentí toda la calidez de África en tan solo un par de horas de compras y gestiones.

Me acosté feliz, mi hostel era precioso, y además, tenía la suerte de dormir sola en mi habitación a pesar de ser compartida. Y me levanté con energías renovadas para conocer un poquito del pueblo, visto que estaba nublado y no iba a ser un buen día para las Cataratas Victoria.

¡Ahí comenzó todo! Todo lo que iría in crescendo en días posteriores…

Poquito a poco mi cara se fue convirtiendo en euro, ¡o eso parecía! Y lo que empezó siendo un día genial, acabó siendo un día agotador de “noes” y explicaciones.

En los días siguientes todo fue empeorando progresivamente, o mi paciencia fue agotándose cada día un poquito más… Porque, aunque entendía la situación:

– En Zambia hay personas muy pobres, y casi todos venden algo.
– En febrero apenas hay turistas, con lo que, no venden mucho y apenas tienen ingresos.
– Apenas había gente blanca en mi transitada calle.

Sentía que ellos no me entendían a mí, ¡o lo hacían! pero su entendible desesperación y su estilo de venta agresiva, hacía que aquello, pareciese más una “persecución”, que fue in crescendo durante casi los quinces días que pasé en Zambia.

Sí, les compré algunas cosas a algunas personas, cosas pequeñitas para poder transportar en mi mochila, cosas que no me hacían falta realmente, pero que sentí podía y debía comprar para ayudarles. ¡Pero me era imposible comprar todo y a todos! ¡Eran decenas los que se me acercaban insistiendo, suplicando y repitiendo lo mismo día tras día! Fue tanto el agobio que llegué a sentir, que  durante algunos días, decidí dejar de pasear lejos y apenas salí del área de mi hostel.

¡Aquello se me estaba yendo por completo de las manos!

Nunca me ha gustado decir un simple “NO” a los que me ofrecen algo, no lo hago en España, y mucho menos lo quería hacer en África, sentía que debía explicarles mi situación:

Que viajaba con mochila y no podía cargar peso, que aunque quisiese ayudarles a todos ¡me era imposible!, ¡eran cientos! Y mi economía actual no era tan boyante para comprar algo a cada uno.

Lo peor de esto, es que los mismos a los que ya les había explicado, me repetían exactamente lo mismo D-Í-A TRAS D-Í-A y nada más poner un pie en la calle. Sentía que no podía pasear, no podía tener otro tipo de conversaciones, no podía caminar sola sin ser perseguida por toda la calle, no podía ver, ¡no podía conocer! porque cada segundo, y a cada paso venía uno a insistirme para que le comprase algo ¡La situación llegó a ser en extremo desgastante! ¡No les bastaba un NO! Ni tampoco ningún tipo de explicación, te seguían a donde fueses insistiendo sin cesar.

Un día.
Otro día.
Otro día más.
Y otro, y otro…

¡Quería gritar!: ¡Quiero ayudar, pero no puedo a todos! ¡BASTA YA!

Reconozco que en Zambia me sentí sola. No había ese típico trabajador de hostel que te ayudase a negociar algún precio, o que te dijese “no pagues más de (…) por algo”. Sentí que, al menos en esa momento de mi viaje, había dejado de ser persona para convertirme en euro. Todos estaban de acuerdo para cobrar precios a menudo en extremo caros por un taxi, o por cualquier servicio que requirieses. ¡Mucho más caros que en Europa! Pero nada podía hacer, esta vez no había guiño de alguien que me ayudase, esta vez era una europea blanca que se había convertido en moneda a sus ojos.

Pero Zambia también me dejó cosas muy buenas y gente genial que fui conociendo con esfuerzo, debí currarme el hecho de pasar de ser un euro, a ser una persona.

Los últimos días pude recoger un poquito de lo sembrado, había conseguido al fin ser a sus ojos la española que sonreía, y que me saludasen en la distancia, ya sin ofrecerme nada que comprar. Habían entendido que era tan solo una viajera con mochila empapándose de mundo a bajo coste, que aunque quisiera, no podía ayudar a todos, no en ese momento al menos…

Y sueño con poder hacer algo un día…

*Lo que pasó en Zambia SOLO pasó en Zambia, y pasó porque la época en la que fui no era turística. Pasó porque viajaba sola y no había nadie más para contestar ese “NO”, y pasó porque insistí en quedarme allí los quince días que duraba mi visa. Sumamos a esto que me quedé en un lugar, antes solo restaurante, que había abierto las puertas como hostel muy poco tiempo antes de mi llegada. Con lo que, no había demasiados viajeros. Y en el tiempo que estuve, fui casi la única blanca que allí durmió.
No todo el mundo se siente igual de agobiado ¡ni muchísimo menos! Yo solo cuento mi historia, mis vivencias, lo que sentí y como lo viví. Ni tengo razón, ni todo lo contrario. Es tan solo una vivencia más. En Zambia, y en toda África, la gente es maravillosa, MARAVILLOSA. ¡Y una cosa, no quita nunca la otra! Su situación era completamente entendible, exactamente igual que la mía, que me sentía impotente, mal, terrible, por no poder hacer más de lo que hacía.

Pero Zambia también tuvo cara A, te lo cuento en este post: Lo que también pasó en Zambia, la Cara A

INFORMACIÓN PRÁCTICA:

Tanto Zambia como Zimbabwe exigen visa para entrar a los ciudadanos españoles. Visa que se puede tramitar a la llegada.

El precio de la Visa para Zambia es de:

50 USD y es de un máximo de un mes.

IMPORTANTE:

  • Debéis decir en la frontera que os quedaréis un mes aunque sea mentira, si no, os limitarán la visa a los días que le digáis, ¡y no podréis cambiar el plan sobre la marcha!
  • ¡Debéis llevar dinero en metálico! Es la única manera de poder pagarla.

El precio de la Visa para Zimbabwe es:

30 USD – Una única entrada
45 USD – Dos entradas al país
55 USD – Multientrada.

Y tiene un máximo de tres meses ampliables.

* Hay una visa conjunta llamada KAZA Visa, en la que, durante 30 días podéis entrar y salir las veces que queráis de Zambia y Zimbabwe, y también permite salir un día a Bostwana, y tiene un coste de 50 USD. Muy conveniente si vais tan solo a ver las Cataratas Victoria y os apetece hacer un safari  de un día en  el precioso Chobe National Park en Bostwana (¡Muy recomendable!)
Pero OJO, ¡esta visa no se consigue en todas las fronteras! 

En el enlace podéis echar un vistazo a las fronteras donde podréis conseguirla: http://www.kazavisa.info/

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Lo que también pasó en Zambia: La Cara A

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