Y llegó. Llegó el día en que empezaría a saber. Llegó el día de mi cita con el neurocirujano. Llegó el día en que por fin conocería “las manos” que elegí y me ayudarían a renacer.

Mis padres irían conmigo. Era importante para mí que ellos mismos escuchasen lo que allí se me dijese y no les trasladase yo luego la información. Mi padre estaba muy preocupado, no me creía demasiado cuando le decía que el tumor era posiblemente benigno, así que pensé que nada mejor que escucharlo de boca del propio doctor.

Esa mañana había nervios. Había anticipación. Había necesidad de saber.  De saber cómo y de saber cuándo. Necesitaba saber que día entraría a quirófano. Necesitaba que mi mundo siguiese girando al menos con una certeza, la única certeza.

Entramos a su consulta. Allí estaban las enfermeras de las que ya había leído buenas opiniones en algunos foros en los que entré para averiguar sobre el Doctor Torres y su equipo. Me preguntaron sobre mis síntomas, me pidieron el cd de la resonancia con las fotos y averigüé algo que no sabía, la “incontinencia urinaria” que durante los últimos años se sumó a mis problemas motores y a mi dolor de cabeza, también era debida al tumor ¡nunca lo habría imaginado!

Llegó el Doctor. Era joven, serio, y lo más importante, nos causó buena impresión. Me preguntó y me hizo una serie de pruebas que luego reflejaría en el informe. Y lo mejor, fue claro, muy claro…, me dijo que sí o sí debería operar, (lo que imagino él no sabía es que yo eso ¡lo tenía ya muy claro!), me dijo que si seguía creciendo y no se extirpaba podría causar la muerte finalmente. Y me explicó todo lo que podría pasar en la operación, me habló de hemorragia, me habló de pérdida total de fuerza en la parte derecha de mi cuerpo, me habló de pérdida de voz,… De hemorragia en concreto, me habló de un porcentaje muy bajito en ese hospital, con lo que, no le di más importancia. Lo otro, ¡me asustó un poco más! Aunque tenía la certeza de que todo iría bien, costó un poquito digerir la información sobre los riesgos. Yo ya sabía que era una operación delicada, sabía que se trataba del cerebro, sabía que podría pasar cualquier cosa, pero admito que escucharlo fue duro. También me dijo que no sabía si me lo podría quitar entero hasta que abriese, imagino que hasta ver la naturaleza del tumor ¡y eso fue lo que menos me gustó!. Me explicó que el tumor estaba situado en parte sobre una vena que tocarla significaría muerte inminente, y si no conseguía quitármelo entero, luego tendría que hacer radioterapia, ¡cosa que yo descartaba totalmente! Tenía claro que pasase lo que pasase mi NO era rotundo a ese tipo de tratamientos, me entendiese o no mi familia. Si quedaba tumor después de la operación, haría otro tipo de terapias energéticas, alternativas, terapias que me consta tienen  probados resultados en estos casos, ¡pero no haría radioterapia! ¿El  gran/enorme problema? ¡Explicárselo a mi familia y que lo entendiesen! Aparte, por supuesto, de alargar más todo el proceso, ¡cosa que no quería!

Y llegó el turno de las preguntas que muchos consideran “banales”, pero que a mi parecer, no lo son tanto… Le pregunté por mi pelo, si me lo tendría que rapar, le pregunté cómo sería el corte y por dónde. Estaba decidida a volver a la peluquería en esos días previos a mi paso por quirófano a hacer cualquier otro corte bonito si hiciese falta para “capear” lo que vendría, e incluso comprar una peluca si tenía que raparme todo el pelo. Digan lo que digan, es importante sentirse bien después de algo así, que suponga el menor trauma posible a la hora de salir a la calle luego y “recuperar” tu vida. Afortunadamente me dijo que solo me raparía una línea de pelo por donde iba el corte, y que viendo donde estaba situado mi tumor, no sabía si hacerme una especie de “diadema” de lado a lado de la cabeza, o en el lado izquierdo una especie de “C”. Fuese como fuese, el corte sería grande, muy grande, eso lo sabía. Así que decidí esperar a quirófano y después de la operación, en caso necesario, arreglar los “desperfectos” como pudiera. Al fin y al cabo ese tema, el del pelo, era el único que afortunadamente sabía que tendría fácil solución de una u otra manera.

Entonces fue el momento de la gran pregunta:

.- ¿Cuándo?

Yo deseaba que fuese lo más pronto posible y así lo pedía día tras día al Universo, aunque era consciente de lo ocupado que estaría un neurocirujano de la talla del Dr. Torres.

Y el Universo escuchó mis peticiones ¡hubo milagro!: me operaría el miércoles de la semana siguiente. El día 17 de febrero. Haría el pre operatorio allí mismo el lunes 15 de febrero, y… ¡a quirófano!

Más nervios. ¡Lo peor es que creo que ese día eran debidos más al pre operatorio que a la operación en sí! Mi maldita fobia a las agujas “médicas” que tantos quebraderos de cabeza me ha dado siempre.

Llegamos a casa al mediodía. Me habían escrito un montón de amigos, compañeros, ex compañeros y toda esa gente que tanto me apoyó en mi proceso. Ese día volví a ser consciente de cuenta de cuanta gente bonita tenía pendiente de mí en ese momento tan crucial en mi vida.  ¡Todo el mundo quería saber qué día entraría a quirófano! Tenía que contestar a muchísima gente y entre ellos a mi hermana, que ese mismo día me dijo que vendría de Barcelona para estar en mi operación.

Fue un día intenso, de emociones fuertes, nervios, dudas, conjeturas. Fue el  día en que comenzó mi preparación psicológica para afrontar lo que viniese. Fuera lo que fuera. Me quedaban tan solo siete días para ingresar en el hospital, tenía que asimilar todo de prisa y corriendo, ¡no tenía más tiempo!

Y este fue el post que colgué esa noche, había una mezcla de sensaciones y sentimientos encontrados, por un lado los nervios de saber que ya estaba ahí, por otro lado mi mente ya estaba en el después de, en mi recuperación, en mis sueños… (tengo la certeza de que eso me “salvó” de la desesperación aquella semana previa a mi odisea hospitalaria.

09/02/2016

Érase una vez la mañana, (y día completo) más caótica dentro del caos compartido de mis últimos días.
Visita al neurocirujano, larga conversación, sin edulcorar ni un poquito (cosa que agradezco), lo que hay y… lo que puede haber en una operación así, no voy a comentar y mucho menos escribir lo que allí se habló porque no le pienso dar ni un poquito de cuerpo a lo que estoy segura, no sucederá.
Total, operación INMINENTE como yo preveía:
– Miércoles 17 de febrero (dentro de una semanita) a las 9 a.m., entro a quirófano.
Así que, queridísimos amigos, angelitos de carne y hueso, seres queridos que me estáis llenando de amor en todo este proceso, os pido, si queréis, si podéis, si os apetece… ¡un último chute de la energía preciosa que me mandáis y me llega! 

¡Y ahora sí! Ha llegado el momento, ¡se acerca la prueba definitiva para medir mis ganas de comerme el mundo! (¡Los viajeros aventureros no deben rendirse jamás!)
¡Y no! ¡No pienso dejar de sonreír en este proceso!

¡Sé que todo pasará, y en unos meses, me iré a cumplir mi sueño viajero con más razón, ganas y fuerza que nunca!!!

Puede que no haya llegado todavía, pero estoy un poco más cerca que ayer

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