Y hubo luces.

Y como siempre las luces vencieron a las sombras a pesar de todo.

Y SOBRE TODO.

La barrita de chocolate:

El día siguiente al despertar del coma, ya era un poquito más “persona”. Me sentaron por primera vez en el sillón comodísimo que tenía al lado de mi cama y por fin me dieron mi primera comida después de dos días. Aquel día me pusieron cosas muy ligeras para ir acostumbrando mi cuerpo a la comida. Ese día me sirvieron sopa y la deliciosa crema de verduras que se repetiría como habitual en mi dieta durante todo mi ingreso hospitalario, (y que hoy estoy segura fue uno de mis “alimentos medicina” allí) ¡Recuerdo que tenía un hambre atroz! hambre y también muchas ganas de chocolate después de conseguir acabar lo que me habían puesto con mi pajita y mucho esfuerzo (imposible coger la cuchara hasta muchos, pero que muchos días después…), con mi hilito de voz no dejé de hablar de chocolate a las enfermaras que allí estaban y…

¡Sorpresa!

Cuando menos lo esperaba,  ¡una de las enfermeras me trajo una de sus barritas de chocolate! Sonrío aún cuando recuerdo la cara que debí poner. Estaba en la UCI, un sitio “serio”. Acababa casi de salir del coma. Me habían dado mi primera comida a ver qué tal la digería, ¡y una enfermera me traía una barrita de chocolate! Una barrita de chocolate tan valiosa como el oro para mí en aquel momento sin nada, ni nadie.

Una barrita de chocolate quita-penas que aliviaba el dolor.

Una barrita de chocolate quita-soledad que me hacía compañía.

Una barrita de chocolate que me hacía olvidar. No ver. Evocar. Imaginar. Sentir.

Una barrita de chocolate que me hacía SONREÍR. 

Recuerdo que en ese momento llegó el Doctor Torres a verme, ¡como siempre llegaba en el momento justo!, y yo tenía la barrita de chocolate aún envuelta en la mano. ¡Aún recuerdo su cara y lo que me dijo! Y me lo dijo serio, ¡muy serio!

.- No, no, no, aquí nadie come chocolate.

Lo entendí, claro. Como no entenderlo en mi situación. Pero lo mejor vino luego, cuando añadió:

.- ¡Nadie come chocolate sin darme a mí un trocito!

Risas. Alivio. Felicidad. ¡Podía comer mi barrita! Aunque me pidió que lo hiciese despacito y a lo largo del día. ¡Nada de comerla de una vez!

chocolate

Lágrimas:

Muchas.

Y ellas. Y ellas que me las enjugaron, cuidaron, mimaron.

El día que mis padres no estaban.

El día que el Doctor Cofiño me explicó que debía hacerme otra pequeña intervención.

Ellas. Las “angelitas” de uniforme blanco, siempre ellas. Eternamente ellas. Y sus manos en las mías. Y su calor. Y su cariño. Ellas…

uci: lágrimas

Música:

Descubrí la música como una de mis mejores medicinas los días previos a entrar en quirófano. Y después allí en la UCI. Y en aquellos momentos de dolor extremo. Y en aquellas noches eternas. Y en aquella soledad de paredes azules. 

Cuando me desperté del coma pedí “La Gozadera” como conexión a la vida y a mi gran sueño.

Y a mi hermana le pedí mi móvil aquellos días para poder escuchar música. Y lo hacía durante horas y horas. Sin descanso. Sin interrupción. Escuchaba música latina en los peores momentos. La que me conectaba con la parte del mundo que yo soñaba con recorrer. Y con mi sanación. Y con la alegría. Mi alegría.

Mi padre hoy comenta entre risas, que me echaron de la UCI ¡porque si no hubiese convertido aquello en una discoteca!

La música aquellos días fue parte imprescindible de mi sanación.

Fue mi medicina.

Y fue mi conexión a la vida.

música medicina

Visitas:

Mi familia venía cada día a verme en las horas de visita, media hora por la mañana y media por la tarde. Se pasaban el día fuera de casa y en Oviedo entre una visita y otra para poder estar conmigo cuando les permitían. Y ese era mi ratito para bromear, para reírme, para charlar lo poquito que podía con el hilo de voz que se me quedó hasta mucho tiempo después de salir del hospital.

Sus visita llenaban de “vida” mis días. Aquellos días eternos. Aquellos días que parecían nunca tener fin. 

Mi hermana un día me trajo un ramo de margaritas que me llenó de alegría después de una de las mañanas en las que todo se complicó. Y junto a las flores me regaló un libro de viajes que me acompañó cada día en mis momentos de soledad allí. Un libro que formó parte de mis “medicinas” contra la desesperación en aquellas noches que duraban siglos.

visitas de familia

La Tarta de Avellana:

Una tarde recibí por sorpresa la visita de mi abuela y de su sobrina, aquel día ellas me trajeron una pequeña tarta de avellana. Ver a mi abuela, y aquella tarta, supuso una inyección de “oxígeno” para mí en esos días siempre llenos de complicaciones. Estaba feliz y ¡me sentía la mujer más afortunada del mundo aquella tarde!

Miro hacia atrás e irremediablemente me emociono. Aquella tarde reconfirmé lo que siempre supe,  que no hacen falta grandes cosas para ser feliz. Solo una pequeña “tarta de avellana” como símbolo en el momento justo. Una “tarta de avellana” que lo supone TODO.

abuela

Bromas:

Y hubo bromas. ¡Muchas bromas! y risas. ¡A tutiplén!  A pesar de todo no dejé ni un solo día de reírme, de sonreír, de bromear. Recuerdo la cara de mi padre cuando en una de sus visitas, una enfermera le comentó que yo acababa de  pedir que me pusieran cerveza en uno de los goteros. ¡Hacía un día que me había despertado del coma!

sonrisa

Machu Picchu:

El Machu Picchu se convirtió en “símbolo” allí de mi gran sueño viajero. Desde que me desperté del coma no dejé ni un solo día de hablar de ese lugar, y de mi sueño. En los momentos en que el dolor era más fuerte, más desgarrador, más insoportable, lo contrarrestaba soñando y hablando de Perú. En esos momentos de sufrimiento físico sentía que me merecía como nunca celebrar mi cumpleaños en el lugar del mundo que yo escogiese, y ese era uno mis lugares soñados.

Aquellos días cambié lágrimas y quejas por Machu Picchu.

Y por mi sueño.

El que me salvó. El que me sanó.

Machu Picchu

Gente linda:

Allí en la UCI no podía hablar con nadie a través del móvil. Así que muchos de mis amigos y gente querida les dejaban mensajes y audios preciosos para mí a mi madre y a mi hermana, y ellas me los enseñaban en cada visita. Cada nuevo  mensaje, era una inyección de vida para mí. Me sentía feliz paradójicamente acompañada en aquella horrible soledad del resto del día.

El día después de despertar del coma, mi hermana me leyó un mensaje especial, mi amigo Juan Carlos me acababa de crear mi página inicial.  En esos días de operación y UCI, él se encargó de prepararme con todo su amor una página que me conectaría, y creo que él no sabe cuánto, con mi sanación y con mi proyecto de vida.

Sí. Esta página web nació en la UCI.

Nació de aquellos días en cenizas.

Y esas fueron mis primeras alas para “volar” hoy.

Como yo siempre quise.

amor

Mis “angelitos” con uniforme:

Todos. Enfermeras, intensivistas, celadores, los que me hacían pruebas cada día. TODOS, absolutamente todos, fueron una de mis luces más importantes en aquellos días de sombras frecuentes.

Todos. Y su cariño.

Todos. Y su manera de cuidarme.

Todos. Y sus sonrisas.

Todos. Porque sin ellos nada hubiera sido igual.

Aquí la carta de agradecimiento que días después de salir del hospital les hice llegar como muestra de agradecimiento por tanto y tan inmenso.

uci

Mis cirujanos:

Y su paciencia.

Y su buen hacer.

Y su profesionalidad.

Y el  Doctor Cofiño, el cirújano torácico que llevó mi caso, cuando se sentó en mi cama a darme la mala noticia del día,la del neumotórax bilateral. Y me explicó. Y me dijo. Y me tranquilizó. Y me calmó cuando me puse a llorar. Y me preguntó mi edad. Y me dijo que tenía cuatro hijas como yo. Y así lo sentí, como un “padre” allí. Y así me trató durante todo mi ingreso hospitalario, como una hija.

flor

Mi gran LUZ:

Enorme. Intensa. Espléndida.

Había recuperado el movimiento y la fuerza en mi pierna derecha. 

No tenía daño neurológico de ningún tipo.

Iba a poder volver a hacer deporte. 

Iba a poder volver a bailar.

Iba a poder volver a ser una chica “normal”.

felicidad

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