Antes de empezar a contar mi historia, creo fundamental retrotraerme en el tiempo y explicar lo que pasó a nivel físico en estos últimos años. Porque sí, hubo síntomas, y empezaron hace nada más y nada menos que…  ¡4 añazos!

Creo que este post que compartí en una red social, lo explica bastante bien:

(11/02/2016)

“En todo este tiempo desde que me dieron los resultados de mis pruebas, supe lo que había y lo compartí en abierto, a muchísima gente le ha pillado por sorpresa, imagino que porque es muy raro que yo me queje de nada, y porque era (y soy) una chica feliz y non-stop: Viajes intensos a cualquier parte del mundo, cervezas, risas, y alegría siempre y en todo caso como algo implícito en mí. Muchos me habéis preguntado por teléfono, por privado, por whatsapp, o cara a cara sobre mis síntomas, si notaba algo, qué era lo que pasaba… , así que he pensado escribirlo por aquí, ¡creo que quizá pueda ayudar a alguien mi testimonio! 

– ¡Pues sí! hubo síntomas, síntomas que empezaron hace aproximadamente cuatro años, esto coincidió en el tiempo con la época en que me fui a Valencia a vivir con el consiguiente estrés que me supuso dormir menos horas de las pocas que habitualmente dormía  y tener menos tiempo para mí entre semana por las dos horas que perdía cada día en el transporte de casa al trabajo y viceversa.  Empezó con un dolor de cabeza muy intenso y muy doloroso, un fuerte pinchazo localizado justo en la zona en que hoy sé que está el tumor, este dolor duró más de un año, no lo tenía 24 horas al día ¡pero casi!, y si lo tenía absolutamente todos los días. Este pinchazo era tan insoportable que incluso llegaba a despertarme por la noche cada poco y me era imposible dormir de un tirón de tan intenso y  doloroso que era,  muchos días llegaba a despertarme llorando desesperada, ¡el dolor por las noches era realmente inaguantable!

Aún así, con esto y con todo, yo seguía viajando, viviendo todo lo feliz que podía, saliendo, sin dejar de trabajar ni un solo día y sin quejarme demasiado. Solo se lo comentaba por encima y sin darle demasiada importancia a los compañeros de trabajo más cercanos cuando el dolor era tan fuerte que me hacía quedarme casi  sin respiración y me tenía que poner las manos en la cabeza y agacharme hasta que remitiese ese pinchazo (luego por supuesto venían otros).

¿Y por qué aguanté esto un año entero? Pues porque seguramente ¡soy la persona menos hipocondríaca de la Tierra! No me gusta quejarme y lo hago muy poquito, y tampoco me gusta hablar de dolores y enfermedades, creo que eso da cuerpo a cualquier mal, lo acentúa… Y bueno, la cuestión es que en un principio yo lo asocié con estrés. Fue una época mala en lo laboral, estaba agobiada en el trabajo más rutinario, aburrido y desmotivador que pueda existir para alguien como yo, apenas dormía en las pocas horas que tenía cada noche para ello debido al  espantoso y eterno dolor que nunca se iba, no paraba de hacer cosas, trabajaba de sol a sol para poder “sobrevivir”, madrugaba muchísimo,  y por supuesto, no me gustaba en absoluto mi trabajo, deseaba un cambio y no veía la luz para ello que hoy si veo.  Así que en un principio aunque el dolor era insufrible lo iba aguantando como podía esperando que remitiese cuando tuviese un poco más de paz o viese esa “luz” al final del túnel = vorágine laboral en la que estaba inmersa.
¡Error! el dolor no remitía ni con paz ni sin ella. Así que al cabo de un año decidí hacerme un análisis a pesar de mis reticencias para ver si me faltaba alguna vitamina o saliese algo que pudiese explicar ese dolor, y también para descartar, hacía mucho que no me hacía uno por mi gran fobia a las agujas “médicas” y sabía que me lo pedirían seguro cuando fuese a consultar, así que, ¡me adelanté!  pero ¡mis análisis estaban perfectos!  En el momento en que fui a ver los resultados con el médico le comenté el dolor  tan insoportable que desde hacía tanto tenía en la cabeza.

¿Su respuesta?: (ALUCINANTE pero cierto) – “Eso no es nada, eso es estrés. Haz deporte”– 

En fin, creo que sobran comentarios.

 
Con lo que, puesto que nadie me daba respuesta, decidí tratar el dolor con terapia energética, que es a lo que suelo acudir y me ha funcionado siempre muy bien, dudé entre varias opciones pero finalmente elegí la terapia metamórfica, gracias a eso y después de cinco sesiones, el dolor horrible se quitó y hasta hoy que tan solo me queda algún leve reflejo muy de vez en cuando, pero nada tan terrible ni muchísimo menos tan seguido.

Liberada de mi tortura del día a día, seguí con mi vida normal ¡pero mucho más feliz!

Poco después de “eliminar” mi tortura en forma de dolor de cabeza me fui a Marruecos, curiosa y simbólicamente, ese fue el viaje que sentó las bases para hacer realidad el sueño viajero que pronto realizaré si todo sale bien.

Pero el dolor de cabeza no fue todo, justo en esa época comenzó progresivamente mi otro “calvario”, empecé a perder fuerza y movilidad en mi pierna derecha. Esto fue progresivo, fue muy poco a poco que me empecé a dar cuenta de que algo iba mal, en el gimnasio, bailando, en mi día a día, empecé a dejar de hacer bien , y directamente dejar de hacer, cosas que antes si podía hacer. Pensaba que vendría quizá de la pisada, o de la cadera, o de cualquier “problema” físico.  No entendía por qué de golpe y porrazo me había vuelto tan “torpe”, me sentía mal, muy mal, me sentía inútil, impotente, incapaz, me sentía la mujer más patosa de la Tierra. La gente a mi alrededor, monitores de mi nuevo gimnasio en Valencia, profesores de baile, compañeros, creo que me veían simplemente como la “negada” del grupo. Fue una época francamente dura para mí, la gente a veces resulta muy cruel, difícil olvidar lo que llegué a escuchar, ver, vivir y sobre todo sentir en esa época.

Durante todos estos años y progresivamente seguí perdiendo movilidad y fuerza en mi pierna, cada día era un poco peor que el anterior, cada día era un poco más “torpe”, hasta llegar a no poder estirar bien la pierna haciendo algún tipo de ejercicio en el gimnasio,  a no poder hacer una sentadilla sin que la rodilla se me fuese hacia dentro ¡me era imposible controlarla!, a no poder rotar el tobillo, a que mi cerebro diese la orden pero mi pierna no respondiese. Algo muy duro que creo solo puede entender aquel,aquella que lo vive.

La situación estaba llegando a ser tan incómoda y extrema, que tuve que dejar de hacer poco a poco todas las cosas que más me gustaban. Tuve que dejar de bailar, y de bailar lo que más me gustaba, la salsa cubana, puesto que me era imposible “picar” con la pierna derecha, y no me sentía bien cuando algún profesor/a con no demasiado tacto hacía escarnio público con mi “torpeza”, me sentía ridícula y me dolía, siempre me gustó bailar lo hiciese o no bien, y de golpe me había convertido en la más “patosa”, nadie sabe la de veces que me fui llorando de algún local de baile por esta misma razón, sentía que nadie me entendía aunque a veces intentase explicar lo que sucedía, nadie sabía que yo antes podía moverme bien, en aquella época, para aquella gente que acababa de conocer simplemente era “torpe”, y punto.  

Dejé también de hacer deporte en los últimos meses, puesto que mi pierna cada vez respondía menos, no podía ir a ninguna de las clases con las que tanto había disfrutado hacía años, antes de que lo síntomas comenzasen. Decidí entonces apuntarme a Yoga, pero descubrí que ni siquiera eso podía hacer bien, muchas asanas requieren fuerza en las dos piernas, y yo, no la tenía.

Más o menos en la época del Yoga, empezaron a saltar todas las alarmas cuando empecé a no poder andar con los tacones finos que durante toda mi vida he llevado, ¡se me iba el pie de lado! empecé a no poder sostenerme en pie sobre unos tacones finos ni siquiera demasiado altos. Si ya me sentía impotente, eso aún lo acentuó más. Como anécdota decir que en la cena de Navidad de este año tuve que caminar veinte minutos descalza y con los zapatos en la mano, me era imposible caminar, ese día tuve la certeza de que algo no iba bien, algo importante.

En estos años no solo perdí movimiento, también perdí la coordinación y el equilibrio e incluso tenía déficit en la percepción espacial,  ya no podía bajar las escaleras corriendo, porque ya no “sabía” donde estaba el escalón.

Así que, como nadie me daba solución a mi problema, ni médicos, ni entrenadores personales, decidí ir a un médico chino por si quizá tuviese relación con algún órgano interno o me pudiese dar alguna pista de qué y por qué. Este médico fue el único que me sugirió que podía venir de la parte izquierda del cerebro, y me dijo que me hiciese una resonancia para ver si había algún nervio pinzado o algo en esa parte del cerebro que me afectase al movimiento y… ¡BINGO!, efectivamente venía de la parte izquierda del cerebro, y no,  desgraciadamente no era ningún nervio pinzado, era un gran tumor.

Este es un poco el resumen de mi historia, he pensado que quizá pueda ayudar a alguien contándolo en abierto. Ningún tumor da los mismos síntomas, todo depende de donde esté situado, el tamaño, la Naturaleza, etc,  hay tumores que provocan crisis epilépticas, otros afectan a la vista, al habla, otros producen desvanecimientos, y un largo etcétera. En mi caso está situado de momento en la parte motora, y doy GRACIAS, GRACIAS Y GRACIAS porque aunque es enorme, al menos no me ha llegado a afectar de momento a la vista, al pensamiento lógico, al habla… “

Una vez leída mi historia, muchos me dicen que debería haber insistido o haber ido a otros médicos cuando empezó el dolor de cabeza. Pero yo digo que no, lo que ha pasado es lo mejor que podía haber pasado y cuando mejor podía haber pasado. Todo es perfecto, las cosas suceden cuando tienen que suceder. Y justamente ha sucedido en el mejor momento para ello, con mi proyecto y mi sueño viajero definido y con la firme decisión de pedir una excedencia en meses. Hace cuatro años, trabajando en lo que no quería y sin perspectivas de cambio inminente, no lo hubiese llevado con la entereza con la que lo he llevado ahora.

Las ilusiones SANAN, los sueños aceleran cualquier curación y hacen que lo terrible lo sea un poco menos.

Doy fe.

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