Suelo ser un desastre para las fechas, excepto para todas las que atañen a mi proceso, a mi “Gran Bendición” como me gusta llamarlo. Fue un 18 de enero, el principio del fin comenzó exactamente en esa fecha, imposible olvidarme del día que supuso el primer pasito del giro más radical e inesperado de la vida que yo llevaba en aquel momento.  Ese fue el día en que acudí a hacerme las resonancias que el neurólogo me pidió, ese fue el día en que en que en mi vida comenzó ese cambio del que ya no habría retorno.

Salí de mi trabajo y acudí a hacerme las pruebas como quien acude a hacer un trámite administrativo sin importancia, con total tranquilidad, ¡yo y mi nula hipocondría! Nunca me había hecho ninguna resonancia, ese día descubrí lo claustrofóbicas y agobiantes que resultan esas pruebas, ese “ataúd” como lo empecé a llamar a partir de ese día.

Ese día fue la primera vez que escuché lo del “contraste”, me dijeron que el neurólogo no lo había pedido, pero me lo pondrían si veían que hacía falta. Yo y mi pachorra para todo lo médico continuamos sin inmutarnos, sin analizar los porqués y lo que implicaba poner contraste o no. Y sí, hizo falta contraste, recuerdo que mi única preocupación en ese momento era el pinchazo que me tendrían que dar, ¡inocente de mí! más adelante supuse la razón por la que me lo pusieron, en la resonancia cerebral vieron algo y con el contraste lo podrían ver con más claridad.

A la semana siguiente fui a recoger el resultado, era lunes, comienzo de la semana y comienzo sin yo saberlo aún del caos más absoluto en mi vida con “salud de hierro”. Abrí el sobre al salir del hospital y leí el informe,  por supuesto ¡no saqué demasiado en claro!,  pero si que me pareció entender que había “algo” en la parte izquierda de mi cerebro. En este punto es cuando mi absolutamente nula hipocondría se manifiestó. Recuerdo que me dije:

.-¿Hay algo?, ¡pues genial! Será cualquier tontería y al menos sé el porqué de mi falta de movimiento y POR FIN podré ponerle solución y volver a ser una chica “normal” después de cuatro largos años de impotencia, frustración y obligada renuncia a todas mis aficiones favoritas más “físicas”.

¡En ese momento hasta me puse contenta! ¿Significaría ese el fin de mi “tormento” físico? Por supuesto sobra decir que ni por asomo imaginé que ese “algo” que vi en el informe fuese un tumor cerebral. No sé si existe la palabra para definir a alguien todo lo contrario a “hipocondríaca”, pero a veces pienso que si existe, en el diccionario y como ejemplo ¡deberían poner una foto mía!

Ese mismo día busqué un neurólogo para ver el informe con él y que me lo “tradujese” a mi idioma, me dio la cita para una mañana ocho días después.

Mi tarde siguió como siempre, tranquila, en paz, haciendo mis cosas, y con el informe olvidado en la mesa del salón al lado de mi ordenador, ¡peligro! Mal lugar, muy mal lugar para ponerlo, el sobre estaba allí y yo aburrida por la noche después de cenar, aún sabiendo los peligros que tiene consultar en “San Google” cuestiones médicas, lo hice. Abrí el informe, releí, y… ¡a investigar!

Esto es lo que ponía:

En región parietal superior izquierda del cráneo se aprecia una masa intracraneal de localización extraaxial de 6.5 x 5.8 x 7.65 cm. de tamaño. La lesión presenta escasas y pequeñas áreas quísticas en su interior y una gran captación del material de contraste de forma homogénea, estando en relación con un meningioma

En el siguiente párrafo hablaba de un montón de cosas raras y entre ellas “signos de herniación subfalciana anterior y posterior”

 

Empecé por la palabra “meningioma”, si, blanco y en botella, lo sé, pero lo sé ahora, ese día no tenía ni idea de lo que quería decir. Leí, releí, seguí releyendo una página, y otra, y otra…  y en todas decían lo mismo, susto, parálisis, ¡no me lo podía creer! reloj y corazón creo que se pararon durante segundos, minutos, meses, años, ¡siglos!…

Un meningioma era un tumor cerebral, benigno en la mayoría de casos, quizá no mate a menos que crezca demasiado, (y el mío era muy, pero que muy grande según el tamaño en centímetros que venía en el informe) pero era un tumor cerebral al fin y al cabo con el consecuente daño neurológico que puede ocasionar y ya estaba ocasionando por la presión que ejercía, pero aún podía ser peor si había operación, si tenían que abrir mi “hermosa” cabecita.

Esa noche lloré, lloré mucho, lloré todo, lloré largo y tendido durante horas, me vacié quizá de lágrimas y penas que ya no tendría el resto de mi proceso, aunque eso aún no lo sabía. Lloré porque por primera vez en mi vida me sentí perdida, paralizada, desbordada, sin saber bien qué hacer, cómo, cuándo. Lloré también por mi familia, por mi gente, porque sentí que era injusto para ellos darles un disgusto así de grande, no era justo irrumpir en la vida tranquila que se merecían tener con algo así. Yo era hija, hermana, nieta, y yo sabía que esa noticia sería una bomba para todos ellos.  En ese momento supe con una lucidez asombrosa que mi vida ya no volvería a ser la misma, comenzaba el giro más inesperado y radical de mi vida. Justo ahí se dio el pistoletazo de salida de mis días de caos, de dudas, de preguntas, de opiniones propias y ajenas, de decisiones importantes en un tiempo muy escaso. Mi mente intentaba en vano ponerlo todo en orden, pero eran demasiadas cosas a la vez, demasiadas.

 

Esa noche inolvidable se me grabó a fuego la primera de las grandes lecciones que aprendí en este proceso y que ya nunca olvidaré: VIVIR EN EL AHORA. ¿De qué me servían ahora todos los planes que yo tenía hechos para las semanas posteriores?

Segundos, fue cuestión de segundos para que mi vida comenzase a cambiar para siempre, y yo solo sabía que ya no sabía nada.

A la mañana siguiente me desperté con los ojos hinchados como única prueba del caos de mi noche, pero sin embargo ya no había en mí rastro de aquella desolación, me empezaba a llenar de toda esa fuerza que me acompañaría en todo mi proceso hasta el final. Me maquillé intentado disimular aquella cara horrible de mala noche, y me fui al trabajo como cada día. Al llegar una de mis compañeras me dijo que tenía cara de no haber dormido, y  yo le contesté con un: .-“Mala noche” y una enorme sonrisa, sin más drama.

Ese día trabajé como cada día, y en el descanso, mientras estaba comiendo con una compañera con la que me tocaba trabajar esa tarde, hablando de nuestras historias le comenté muy por alto que creía que tenía un tumor cerebral. ¡Su cara fue un poema! No se podía creer que se lo dijese así de tranquila y siguiese trabajando como si fuese cosa de un simple resfriado. Le expliqué que tampoco estaba segura, había leído el informe y había investigado pero quizá me equivocase y no fuese nada más que un susto. Ella se ofreció a darle mi informe a un familiar suyo que era neurólogo y así podría salir de dudas antes de la cita que yo tenía cogida, yo le haría fotos en cuando llegase a casa y ella en cuánto pudiese se lo enseñaría.

Y trabajé esa tarde, y el día siguiente, y también el otro, no había drama, apenas preocupación, tan solo ganas de saber más, ganas de desmentir o confirmar lo que había o no. Aunque es cierto que mis continuas incursiones en “San Google” investigando más y  más me estaban poniendo un poco “nerviosa”, un día quise saber que era aquello de la hernia subfalcial que venía en mi informe, y leí perlitas como esta:

Una hernia cerebral es una emergencia. El objetivo del tratamiento es salvar la vida de la persona.

Y esta:

Las hernias cerebrales son la causa inmediata del fallecimiento en muchas lesiones neurológicas.

Ese día decidí que por mi bien y el bien de de mis noches de sueño, mis días de “investigadora” ¡se habían acabado!

Uno de esos días después de “La Noche” terrible, le hice la foto al informe para mandársela a mi compañera, y en ese momento, (no lo había hecho aún), se me ocurrió darle la vuelta a la hoja, y leí esto:

“Conclusión:

Gran meningioma izquierdo con marcado efecto masa (signos de herniación subfalciana anterior y posterior y aumento del asta posterior del VL derecho)”

Me quedé nuevamente paralizada, otra vez sentí que se paraba mi tiempo, ya no había duda, era cierto: Tenía un tumor cerebral, un GRAN tumor.

“Para ir más alta hacia la luz, primero debes ir más profundo en la oscuridad, pues allí se esconde el sustento de todo lo que ves” (Khalil Bascary)

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