Y volví a casa, a la mexicana, a San José del Pacífico, el lugar en el que más y mejor viví la esencia del viaje, el mío propio que nada tiene que ver con el turismo de masas, las fiestas para guiris y las pulseras “all inclusive”.

Volví a casa después de mis días en la Costa Oaxaqueña que aunque bonitos, no cumplieron del todo mis expectativas, claro que tampoco ayudaba el calor infernal de mayo, pre-temporada de la época de lluvias, los mosquitos al por mayor, y aquellas noches donde a pesar de estar al lado del mar, ¡no corría ni una brizna de aire!

Volví a casa después de ser azotada sin piedad por ese Pacífico de fuerza descomunal, a mí, que simplemente pasaba por ahí disfrutando del poco fresco que corría en la orilla del mar.

Esa noche, después de aquella ola de fuerza titánica que me zarandeó como nunca nada ni nadie, decidí que quería volver, que San José era mi lugar, que no había prisa, que era mi viaje, y que el resto podía esperar. Necesitaba nuevamente unos días de reconexión en la Sierra, respirando al fin entre montañas, amigos, y la pequeña familia que había dejado allí, en el hostel “Casa Evelyn” donde me alojé en la primera tanda de mis días en la Sierra, que fueron más de los esperados por enamorarme tanto y tan intenso de aquel lugar-casa al que sabía algún día regresaría, ¡nunca pensé que fuera tan pronto!

El rumbo de mi viaje cambió en una noche, el Pacífico me ayudó a que así fuese, y sin saberlo aún, serían aquellos días en la Sierra los más intensos y con más magia de mis días en la ruta.

Volví a casa, y entonces, todo sucedió…

Como en una película de ciencia ficción y sin contar con ellos, comenzaron a aparecer uno tras otro todos los protagonistas que harían de aquellos días los más especiales de mis días viajeros.
Allí en la cafetería del pueblo, mientras llovía fuera y yo estaba merendando e intentando sin éxito conectarme a Internet:

– Apareció Aldo, un brasileño que de casualidad conocí mi última mañana en el Hostel Shalom de Playa Carrizalillo, él dormía en mi misma habitación pero no nos habíamos cruzado ni un solo día de los previos.

– Aparecieron Leo y Marta, dos de los amigos que conocí en Isla Mujeres en mis primeros días de viaje y con los que de nuevo me encontré en la costa Oaxaqueña, y de los que me había despedido en Puerto Escondido con un hasta siempre a Leo, que se volvía en días a su Argentina natal, y con un hasta la vista a Marta, con la que había quedado en unos cuantos días en Chiapas para pasar juntas a Guatemala. Ni ellos sabían que yo estaba en San José, ni yo sabía que ellos iban a la Sierra. ¡La sorpresa fue enorme!

Y de golpe y porrazo y sin saber muy bien como, ¡estábamos todos juntos en la misma habitación de “Casa Evelyn”! por arte de magia, los dos compañeros previos que yo tenía en la habitación a mi llegada ¡habían desaparecido! Inexplicablemente no se habían ido a las 12 de la mañana, hora usual de check out, sino por la tarde, y justo antes de mandar al brasileño a mi hostal a preguntar si había sitio para él.

Las conexiones siguieron cuando por la noche, compartiendo todos juntos en la habitación, el brasileño nos habló de un chico especial que había conocido la noche anterior y estaba esa misma noche en una de las dos habitaciones privadas de nuestra hostel, preparando la medicina que viaja con él por el mundo y que él comparte para ayudar, como parte fundamental de su bella misión de vida.

Y nos fuimos a su habitación. Y conversamos, aprendimos, nos fascinamos y supimos con certeza que las casualidades, ¡no existen! Porque ahí estábamos todos juntos en la Sierra, sin haberlo planeado, y sin haberlo previsto. Algo muy fuerte debía pasar para que yo volviese en aquellos días a la Sierra, y fue mi elemento, el mar, el que colaboró para que todo fluyese como tenía que fluir, y yo estuviese en el momento, y estuviese en el lugar y también mis primeros amigos de ruta, que en principio no iba a volver a ver hasta dentro de mucho, y el brasileño que nos llevó hasta Omra, y Omra con su medicina.

Y todo lo que buscaba en mi viaje, llegó de manera mágica y causal.

Porque aquella noche Leo y yo tuvimos la certeza de las conexiones, esas que una tras otra nos habían unido para llegar donde estábamos aquella noche. Él y yo que habíamos bromeado en días previos (a sabiendas de que era absolutamente imposible), sobre el volvernos a encontrar en la Sierra, y encontrar allí y juntos, las medicinas de la Madre Tierra. Esas de las que tanto habíamos hablado.

Yo no iba a regresar.

Y el Pacífico hizo que todo cambiase.

Aquella noche agradecí una y mil millones de veces la fuerza del Pacífico cuando me zarandeó, la suma de sincronías, la magia de aquel momento, y que como siempre, ¡todo fuese perfecto! Incluso lo que en principio parecía no serlo.

Las mañanas en San José del Pacífico

Aquí Omra, Marta, Leo y yo en una de las mañanas compartidas

A partir de aquella noche, los hechos se encadenaron en perfecta sincronía uno tras otro, haciendo de aquellos días, posiblemente los más inolvidables de mis días de ruta.

Porque al pequeño grupo conectado, se sumaron otras dos personas que, y prometo que es real, habían conocido en días anteriores a Leo y Marta en Chacahua, y a su vez, ella era la amiga que Omra, el hombre-medicina, esperaba aquel día y ¡no sabía estaba en el mismo hostel con todos nosotros! Y no solo en el mismo hostel, también en la misma habitación, al irse el brasileño aquella mañana.

¿Todavía hay alguien que dude que las sincronías existen?

Y hubo mucho aquellos días mágicos, hubo mucho y muy especial, hubo mucho y muy intenso….

– Hubo una furgoneta repleta de almas libres, y unos malabaristas de semáforo con perpetua sonrisa, hubo un gatito que cabía en la palma de mi mano y que, a pesar de tener dueños, se convirtió en la mascota de todos.

Las mañanas en San José del Pacífico

– Hubo una tarde de niebla, un paseo en moto, un bosque mágico, unos cuencos tibetanos, una noche muy oscura, millones de luciérnagas o pequeñas hadas ¡quién sabe! , una luna misteriosa, una hipnotizante lluvia nocturna.

– Hubo una noche medicina que superó con creces la capacidad de asombro de Leo y la mía.

– Y hubo otra noche medicina, o noche magia, de viajes intergalácticos, de conexión sin palabras, de cruzarnos sin saberlo muy lejos de lo palpable, de purga, de limpieza, de conexión interdimensional, de hermandad, de aprendizaje, de todo lo que por hoy y por siempre, ninguno de nosotros olvidará. ¡De todo lo que prometo escribir largo y tendido y como tarea pendiente y cuando llegue el momento!

– Y hubo noches de guitarra y lluvia. De chocolates compartidos. De risas de niños. De conexión con todo y con todos como jamás había sentido.

Hubo todo, y todo intenso, todo a lo grande.
Y en cinco días, prometo se vivieron eones en lo intenso e inmenso de lo vivido.
Y hubo un antes,
Y hubo un después,

¡El después de las cosas que te cambian tu vida!

Continuará…

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