“…La Habana tiene un sabor muy difícil de igualar…”

(Os dejo la banda sonora para leer el resto del post y de paso dar alegría al día)

La Habana y su gente me empezó a embrujar desde aquella primera mañana que me desperté en la casa familiar del Vedado en la que me quedaba, para comenzar mi día ¡no había agua para ducharme! Después de un viaje de muchas horas y una noche de sudor caribeño, he de reconocer que tuve dos segundos de conmoción, ¡pero solo dos! y luego, lejos de agobiarme, enfadarme, o despotricar contra el mundo, como habitualmente haría en mi día a día, simplemente me reí y me dejé llevar, no había prisa, estaba en Cuba, ¡ya me ducharía! Tengo la teoría de que la capacidad de adaptación aumenta considerablemente cuando te alejas unos cuantos kilómetros de tu país y si además lo haces a solas, se multiplica. Resuelto el incidente ducha, con la visita de un vecino simpático y mañoso y mi susto seguido de risas por encontrármelo en el baño sin previo aviso, y después de mi primer  delicioso desayuno “habanero”, bajé a la calle para empezar a recorrer, y desde ese momento, desde esos segundos en los que abrí la puerta, puse el pie en la calle, me azotó esa bocanada de ambiente cálido y húmedo tan típico del Caribe, empecé a ver sus calles, su día a día y ¡sus coches! (auténticas piezas de museo en movimiento),  me enamoré irremediablemente de La Habana.

Coche Habana

Amor que aumentó cuando la recorrí, cuando descubrí que era cierta la alegría y desparpajo de los/as cubanos/as que ya intuía antes de llegar, cuando se oía música por la calle y todo el mundo se ponía a bailar, sin importar las carencias o lo que mal llamamos “problemas” en otros países con bastante más de todo,  muy lejos de la “pre-ocupación” insana, del agobio que no deja vivir en la parte más capitalista y estresada del mundo. Gran lección descubrir como ellos sin tener demasiado, ¡vivían con eterna alegría!

 Y ese amor se volvió ya incondicional y para siempre cuando cumplí una de mis fantasías de niña, recorrer el Malecón de punta a punta muy despacito, disfrutando como nunca, ¡y con el añadido de ver atardecer mientras lo recorría!  Ese paseo hizo que bautizase al Malecón Cubano como “el Malecón de los Sueños”, eso fue lo que sentí, vi el Malecón como el confesor mudo de millones de sueños de los cubanos que se sentaban allí cada día. Ese paseo me hizo conocer mejor y más profundamente a su gente, tardé horas en recorrerlo, me faltan dedos para contar con cuantas personas hablé y compartí un rato, me reí como nunca, me apené hasta las lágrimas escuchando alguna historia, y sobre todo lo disfruté y lo viví como se merecen ser vividas las grandes ocasiones de los sueños cumplidos.

Cuba Malecón

En la Habana también fui un día a las playas del Este, quería vivir un día en “sus playas”, donde ellos suelen ir, lejos de los cayos turísticos y la Cuba masificada. Allí hice una amiga que se me acercó para venderme artesanía y acabó contándome su historia, su resignación por la dificultad para realizar cualquier trámite burocrático en el consulado de España y conseguir esa nacionalidad que le correspondía por tener un abuelo español.

Uno de los lugares que me fascinó fue el Callejón Hamel, coincidió que era domingo, el día más recomendable para conocerlo. ¡Fue imposible quedarme indiferente ante esa atmósfera mágica! El Callejón es una pequeña calle  situado en el barrio de Cayo Hueso, en Centro Habana, con paredes llenas de coloridos y preciosos graffitis, poemas, esculturas  y todo tipo de arte afrocubano, además de música. Un lugar imprescindible para conocer, sentir, vivir, ver y sobre todo disfrutar. A las doce de la mañana de cada domingo, empieza a sonar la música en directo, ritmos afrocubanos que te transportan a otro lugar y tiempo. ¡Un lugar imperdible!

Poema de Salvador González Escalona, el artista que transformó el Callejón

Poema de Salvador González Escalona, el artista que transformó el Callejón

Con respecto a la comida, comí en paladares deliciosos, donde obviamente y por el precio solo pueden ir turistas y también comí con unas amigas cubanas donde ellas solían ir cuando querían comer fuera de casa. Solo había tres cosas para elegir y no había cubiertos, había que comer con la mano, pero el ambiente festivo y “vivir” un poco más su realidad merece mucho la pena. Tengo que decir que en aquella época yo aún no era vegetariana, ¡hoy en día no hubiese podido comer en uno de estos sitios!

¡Prescindir de los cubiertos es una gran liberación!

¡Prescindir de los cubiertos es una gran liberación!

La Habana es una ciudad de contrastes, enamora, es bellísima y tiene un encanto único, pero a la vez también te entristece por las injusticias que puedes llegar a ver con sus propios nacionales,  ese año había lugares en los que no les dejaban entrar por el simple hecho de ser cubanos, vi un trato desigual entre ellos y yo como turista, me contaron historias de comisarías, de precios disparatados en algunos artículos necesarios en proporción a su sueldo, de sus carencias y personalmente me rompió el corazón. Creo que algunas cosas han cambiado desde que yo fui, no sé bien sin para para peor o para mejor, pero sé que han cambiado.

En La Habana me quedé cinco días intensos e inolvidables, cinco días de paseos, de nuevos amigos, de conversaciones eternas, de atardeceres increíbles, de noches de baile, de muchas risas, de deleitarme con su belleza y de enamorarme definitiva e irremediablemente de la ciudad más bella y especial en la que he estado nunca.

¿Y vosotros? ¿Habéis estado en La Habana? ¿Os ha gustado tanto como a mí? ¡Os espero en los comentarios!

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¡GRACIAS por adelantando por ayudarme en mi proyecto de vida!

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