Quién me iba a decir a mí que aquella calurosa mañana en el Caribe, que se preveía aburrida y pesada cargando mi mochila de colectivo en colectivo para poder llegar a Tulum, y así ahorrarme los 278 pesos del ADO, que dolían en mi bolsillo de viajera low cost, se iba a convertir en una de las mañanas más surrealistas y en uno de mis desplazamientos más divertidos de mis días a la mexicana.

Todo empezó en Mahahual, allí tomé el primero de los colectivos que me llevarían a mi destino final del día en Tulum. Ese colectivo me dejaría en Limones, y una vez allá, ¡quién sabe! Porque al final y entre dimes y diretes yo solo sabía que no sabía nada, y en cuanto llegase a Limones, suponía que sabría más y sabría mejor cual era el siguiente paso-colectivo-bus que yo debía tomar y que seguía sin tener claro a dónde y cómo, pero que me dejaría aún más cerca de Tulum, y así, a pasito de tortuga y entre unos y otros medios llegaría antes o después. ¡El ritmo del Caribe es así!

Con la llegada a Limones comienza la aventura caribeña en estado puro, y es que ver a una rubia con una enorme mochila cruzar la calle tres mil veces debió ser cosa de chiste para los tranquilos habitantes de aquella población en la que nunca pasaba nada ni nadie con demasiada prisa

¿Prisa? ¿Y eso qué es?

El colectivo me dejó al lado de una pequeña tiendecita donde en teoría, también se compraban “boletos” de bus, de qué y a dónde a fecha de hoy sigue en incógnito. Porque la chica que llevaba la tienda y vendía boletos no estaba y ni sus pequeños hijos ni las personas que pasaban por allá sabían decirme cuando llegaría. ¡Llegaría cuando llegase! ¡Esto es el Caribe!

Le pregunté a unos chicos que estaban fuera sentados y me informaron o desinformaron que debía tomar el “Mayab” (compañía de bus) para llegar a Tulum, ¿dónde, cómo, a qué hora? Misterios caribeños que no me desvelaron por no tenerlo ellos mismos demasiado claro, pero si me dijeron que en el otro lado de la carretera, paraban buses y que preguntase allá.

Primer pase: Rubia con mochila cruzando calle principal.

Y hubo segundo, tercer, cuarto pase y… porque en cada lado de la carretera me decían cosas diferentes, y de un lado me mandaban al otro y así hasta quedarme finalmente y como no, en el lado que no era y ver el bus que debía coger en el lado de enfrente. Nuevo pase de rubia con mochila, esta vez a la carrera en un intento vano de coger el bus que ya se iba.

¡Rubia con mochila pierde el bus!

Toca esperar en el lado que si era, y encomendarse al Universo a ver que pasa, porque averiguar a ciencia cierta el horario de buses y colectivos en aquel pueblo a ritmo de Caribe ¡era misión imposible!

Me siento, espero, hablo con taxista, me levanto, paseo, me vuelvo a sentar, hablo con lugareño, pasa el tiempo, no pasan buses ni colectivos. Me dicen que “ahorita” pasarán, y con ese “ahorita” ¡sé con certeza que me va a tocar esperar un buen rato!

Y allí sentada, esperando y también desesperando, comienzo a pensar en mi pulgar, y en qué pasaría si lo sacase de paseo por primera vez en mis días caribeños. Y visualizo la situación, fantaseo, deseo que un coche se pare, ¡deseo que alguien se apiede de mí y me lleve a Tulum YA! Y…

Y pasa lo que tenía que pasar, los astros se alinean ¡y descubro que se puede hacer dedo con la fuerza de la mente y sin pulgar ni nada, oye!
Sentadita a la sombra y tan a gusto, un coche se para y un chico me pregunta donde voy, le respondo que a Tulum, y ¡dice que me lleva! Me explica que va a Cancún y que me puede dejar en Tulum sin ningún problema.

Dos segundos, esos fueron los que tardé en reaccionar, preguntarle a mi intuición y decidir sin ningún género de duda que si, ¡que me iba con él a Tulum!

En cosa de segundos ahí estaba, en ruta a Tulum, con mi mochila en el maletero y con un chico desconocido que pasaba por ahí y que quiso ayudarme suponiendo y con acierto que estaba esperando algún bus.

¿Pasé miedo?

Ni una “miajita de ná”.

David y su mirada limpia, no solo me hicieron el gran favor de mi vida, también me invitaron a un mango y a un agua de sandía que compró de camino a pesar de mi negativa. Y también, y gracias a él, ¡viví el viaje más divertido de mis días de ruta!

Me contó su telenovelesca vida, digna del mejor de los libros de enredos familiares, sus cinco hijos de cuatro mujeres diferentes, sus planes, sus proyectos, y también a mitad de camino me contó que había salido de prisión hacía tan solo unos meses después de un difícil año de encierro.

Carcajadas en mi mente, ¡imaginaba la cara de mi padre y de unos cuantos amigos y conocidos cuando les contase!

Yo imaginaba y estaba segura que no había sido por nada grave como así supe luego, y aunque lo hubiese sido, mi filosofía de vida que dice que la vida es hoy, que todo el mundo tiene derecho a renacer cada día, que defiende el cambio y la bondad del género humano que es a lo que finalmente tiende, nunca jamás lo hubiese juzgado. Porque estaba ahí, con él, en ese coche, haciéndome el favor de mi vida, compartiendo mango y agua de sandía, y risas, y anécdotas y empapándome de su gran, enorme, inconmensurable generosidad, que se quedaba sin nada por darle todo a sus hijos, que trabajaba de sol a sol pescando, vendiendo, haciendo, creando y progresando.

Progresando porque regalaba la mitad de lo que pescaba cada día, porque invitaba a comer a todo el mundo, porque ayudaba a todos sus vecinos, y a sus hijos, y a sus ex, porque no tenía un ápice de maldad y si mucho de corazón limpio, exactamente igual que su mirada, que sus ojos verdes que sonreían cuando mencionaban a su pequeño hijo que vivía muy lejos, en Chiapas, y que él cuidaba que estuviese bien vestido cada día, y alimentado, y cuidado. Que sonreían cuando contaban como ahora la vida era buena con él, porque en un momento una de sus parejas malgastó todo el dinero que él había ahorrado con todo el sudor de sus miles de horas trabajando de sol a sol, y se quedó sin nada, y tuvo que empezar de 0, pero ahora tenía un auto, y también tenía libertad, y todo la vida por delante, y sabía pescar, y también regalar, y también amar la vida, y a sus cinco pequeños hijos.

David y su bondad reconfirmaron nuevamente lo que siempre defiendo, la frase de Facundo Cabral que lo dice todo y que tantas veces he compartido, por cierta, por auténtica, porque la vivo cada día, porque no me cansaré de repetirla en mis días viajeros, hasta que todo el mundo la recite, la crea, la ame, la VIVA:

“Una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que destruye, existen millones de caricias que construyen la vida.” 

Y es que la bondad gana.

Siempre y en todo caso.

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