Mi llegada a Guatemala no solo fue buena, fue mucho más que eso ¡fue un flechazo total y absoluto! Y que el primer destino en el país fuese el Lago Atitlán, contribuyó mucho a que así fuese. A fecha de hoy, sigo diciendo que el Lago es uno de los lugares imperdibles en el mundo que si o sí, ¡hay que conocer! Y no solo por su belleza, también por su energía tan brutal (¡en positivo!)

Pero claro, a tanta paz y belleza, ¡había que sumarle alguna emoción diferente! Eso fue lo que debió pensar la vida en mi llegada al precioso país-flechazo.
Y la hubo. La emoción diferente digo ¡vaya si la hubo! Y también de paso una lección magistral de vida y viajes, saber con certeza renovada, que al final, pase lo que pase, siempre todo, ¡tiene solución!

Llegué a San Marcos La Laguna muy tarde, ya era de noche y me gasté casi todo mi último dinero en efectivo en pagar la cena y el hostel de aquel primer día. Yo estaba tranquila sabiendo que el desayuno de esa mañana estaba incluido y que aún me quedaba un poco de dinero para acercarme al día siguiente a alguno de los pueblos con cajero. ¡Todo era perfecto! El lugar, la temperatura, la gente, y mi plan del día siguiente, que era sacar dinero (¡importante!) y una vez con efectivo en el bolsillo, disfrutar todo el día del Lago y de alguno de los doce impresionantes pueblecitos que lo rodeaban.

Amanecer en cualquiera de los pueblos del Lago Atitlán, ¡es un absoluto regalo! Y así me levanté, feliz, emocionada, ¡y maravillándome con todo! Con sus ropas, (aún conservan las vestiduras mayas), con su amabilidad, con las lenguas que aún conservan y usan. Me fui a desayunar. A dar un pequeño paseo ¡y disfrutar de tanta belleza junta! Y con el poquito dinero que me quedaba, tomé un barquito de los que continuamente pasan para ir a San Juan, uno de los dos pueblos donde, según me informaron, había cajero.

¡San Juan me apasionó! Uno de los pueblos más tranquilos y auténticos del Lago.

Y aquí, en ese pueblo tan maravilloso, empieza lo bueno, mi plan tan perfecto ¡se vino al traste!:

El cajero NO me da dinero.
Susto.
Vuelvo a intentarlo. Nada.
Caos.
Otra vez más. ¡No hay manera!
El corazón se me pone, casi literalmente, para el otro lado.

Valoro opciones:
25 Quetzales en mi bolsillo, lo que equivale a algo menos de tres euros.
Hay otro cajero en San Pedro del mismo banco. Pero ir a San Pedro en el barco me costará 10 Quetzales como mínimo. Y si el cajero es el mismo, es probable que tampoco pueda sacar dinero, con lo que, ¡ya no tendré dinero para volver al pueblo donde me alojo!
Son las 12 de la mañana, me muero de sed y también de hambre y además de eso, también debo volver a San Marcos, pagar la noche de hostel, ¡y solo tengo 25 Quetzales!

Entro al banco. Le explico atropelladamente el caso a la chica con un S.O.S. enorme pintado en la frente ¡o casi!. La chica intenta ayudarme como puede, le sabe fatal mi problema, me entiende y me explica que la solución sería que alguien me hiciese un ingreso con MoneyGram, y luego yo podría retirarlo con mi pasaporte.

.- ¡Pasaporte?! ¡Caigo en la cuenta de que no me he traído el pasaporte! ¡La cosa se complica!

Salgo del banco con mucha prisa ¡y con cara de desesperación que se me debía notar a leguas! Tanto es así, que el chico de seguridad que me abre la puerta, me pregunta e intenta calmarme con aquella enorme sonrisa guatemalteca ¡que debería ser Patrimonio de la Humanidad!

Para rematar no tengo datos en el móvil, y en un pueblo como San Juan tampoco hay demasiados lugares con wifi, ¡por no decir ninguno!

¡El caos aumenta!

Encuentro un ciber, le pregunto el precio, creo que podré pagar un rato ¡necesito ponerme en contacto con quien sea!
Aunque ya es de noche en España y sé que poco van a poder hacer desde allí. ¡La cosa pinta mal! Aunque la esperanza, es lo último que se pierde, ¡o eso dicen!

MoneyGram como me había sugerido la chica del banco:

Imposible.
Llamada a mi banco de mi padre desde España:

Nada.
Western Union:

Desde España ya imposible por la hora y desde el resto del mundo ¡también! Descubrí dos horas después de pelearme en el ciber con la nefasta conexión, y cuando una amiga viajera me iba a hacer un ingreso desde Perú, que la agencia de Western de San Juan ¡ya no estaba abierta!

Desespero. Sudo. Me muero de hambre. De sed.

El chico del ciber nota mi agitación y viene a preguntarme. Le explico el caso hecha un manojo de nervios. Y él, él me regala una botella de agua para al menos, calmar mi sed y para calmarme a mí se sienta a mi lado a conversar y a intentar aportar alguna solución en aquel momento de caos.

Tengo hambre. Muchísima hambre. Un hambre voraz.

La verdad es que llevo tres horas teniendo hambre. Y no tengo apenas dinero. Si pago una comida con los precios que he visto, no podré pagar el barco para volver al pueblo donde me alojo. Abordo nuevamente al chico del ciber y a su paciencia de santo para preguntarle si habría algún lugar donde comer muy barato, pero muy muy MUY barato, él ya sabe del dinero que dispongo. Me recomienda un pequeño comedor escondido y desde fuera del local intenta explicarme donde está. Soy la mujer despiste. Lo normal es que me acabe perdiendo en aquellas callecitas y efectivamente, ¡así sucede!. Pregunto en una tienda, me sonríen y me ayudan con exquisita amabilidad re-orientándome en mi caos. Les explico por alto mi caso y las razones para buscar ese comedor, y uno de los clientes de la pequeña tienda me dice que son amigos suyos, que les diga que voy de su parte y me tratarán como una reina. Y todo esto con otra de esas enormes y cálidas sonrisa  a las que ya empiezo a acostumbrarme ¡Mi enamoramiento de Guatemala y de su gente continúa in crescendo a pesar de mi día-locura!

Por fin llego al comedor, es muy humilde, y como en todos los lugares más humildes que he pisado, las sonrisas de los que allí atienden son más grandes, y hacen del lugar el sitio más acogedor de la Tierra.
Le explico al chico que apenas tengo dinero, y le pregunto cuánto costaría el plato más barato sin carne.
20 Quetzales.
Es demasiado para mí.
Tan solo tengo 25 Quetzales y debo volver a San Marcos.
Le explico. Le digo. Le pregunto si él conoce algún lugar o incluso una casa particular donde me den un platito de arroz aunque sea por 10 Quetzales, que es lo máximo que podría pagar.
Habla con las chicas que cocinan, vuelve, me sonríe y me dice que me siente. Ellos me lo darán.
Me emociono.
Estoy a punto de echarme a llorar.
Les doy las gracias cien veces o más.
Me faltan palabras.
Y tengo la certeza de que finalmente acabaré recordando ese día con una gran sonrisa.

¿Un plato de arroz? ¡De eso nada! Me ponen un plato enorme con arroz, frijoles, aguacate, verduras, maíz, tortillas ¡e incluso me sirven una bebida!

Con el estómago lleno y mi botella de agua, mis dos necesidades inminentes cubiertas, sigue mi día-caos y sigo buscando opciones para conseguir dinero.
Se me ocurre que debo arriesgarme e ir a San Pedro a intentar sacar dinero en su cajero y si no, hay una oficina de Western Union al lado y podría intentar pedir a alguien que me ingrese dinero online. Es mi última baza.

Vuelvo al ciber a pagar mis horas de conexión ¡Y el chico no me quiere cobrar! Le agradezco mil veces y le prometo que mañana le llevaré el dinero. Soy consciente de que en San Juan son muy humildes. ¡No me cabe más agradecimiento dentro!

Negocio con un tuk tuk para que me lleve a San Pedro, ya no hay barcos a esas horas. Le explico mi caso y me cobra tan solo 5 Quetzales, al límite ¡estoy al borde del “nada en los bolsillos”!

En San Pedro continúa el caos:

El cajero no me deja sacar dinero.
No se puede transferir dinero online por Wester Union sin haber verificado la cuenta.
Y lo peor… ¡La oficina de Western Union cierra el día siguiente! Poco importa que mis padres me envíen dinero por la mañana ¡si no podré retirarlo!

Son las 18h de la tarde.
Cierra la oficina.

¡Desesperación!

Me voy a un ciber al lado de la oficina, un amigo viajero que vive en Antigua, y al que ni siquiera conocía aún personalmente se había ofrecido a hacer el trámite para que yo pudiese sacar dinero de su cuenta corriente sin tarjeta, y ya se lo devolvería cuando fuese a su ciudad. Y aunque me sabía mal y había preferido arreglarlo por mi cuenta ¡era la única opción que me quedaba!
Estaba conectado. ¡Llevaba todo el día pendiente de mí! Me da la clave, voy al cajero y… ¡CASH! ¡Al fin tengo dinero en efectivo! Podré volver a San Marcos, pagar la noche en el hostel, cenar y hasta tomarme una cerveza como mi amigo me sugirió para relajarme y celebrar que al fin ¡tenía dinero en efectivo!

¡Aquí el resumen de mi primer día en Guatemala! Entre medias hubo paseos desesperados por San Juan y por San Pedro en búsqueda de cajeros, ciber, tuk tuk, oficinas de Western Union, locutorios inexistentes. Pero sobre todo hubo mil sonrisas enormes, amabilidad extrema, gente que escuchaba, comprendía, que me quería ayudar sin conocerme de nada y a pesar de ser de la otra parte del charco.

Nunca jamás olvidaré ese día.
Guatemala
Guatebella
País-flechazo.

País-Sonrisa 

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