¿Pasaporte? ¡Aquí está!
Mochila ¡Preparada!
Agua, que no falte.
Un zumo, un poco de comida.
¡Todo listo!
¡Emoción! ¡Voy a pasar mi primera frontera terrestre!

Recupero aquella vieja emoción olvidada del día previo a las excursiones del cole, esas un poco más largas en las que dormiríamos fuera y jugaríamos un poquito a ser mayores, independientes, nuestras primeras veces lejos de nuestra casa, cama, familia, rodeados de nuestros compañeros del cole.

Me despierto emocionada mucho antes del pitido del despertador, es aún muy de noche, no hay demasiada luz en el salón de la casa de Adrián, el amigo de Marta y viajero que conocí en Isla Mujeres, que reside en San Cristóbal de las Casas, (Chiapas), lugar desde el que pasaremos a Guatemala ¡ya! ¡Y es que en menos de dos horas iniciamos ruta!
Una ducha más rápida que nunca, ¡la emoción me puede!
Cuatro mordiscos con prisa al bizcocho que había comprado la tarde anterior, dos tragos de zumo apurados, mientras doy un repaso por toda la habitación y recojo las pocas cosas que aún me quedan por meter en la mochila.
Saco, reviso, y vuelvo a meter el pasaporte en la mochila de mano de forma compulsiva por lo menos cinco veces, mientras hago rollos con mi escasa ropa e intento apretar en el fondo de la mochila el precioso jersey que decidí comprar en el mercado de artesanía dos tardes atrás y que, justo en este momento de apretujar la ropa, ¡me empiezo a arrepentir de haber hecho!
La eterna duda ¿Cerrará mi mochila? ¡Nunca lo tengo demasiado claro! Pero esta vez, menos que nunca. Las prisas no son buenas, ¡y la emoción tampoco a la hora de cerrar mochilas! Y yo, estoy apresurada, y emocionada ¡mala combinación!

Marta se levanta después que yo, se ducha, se viste, fuma su cigarro mañanero, prepara mochila.

¡Bien! ¡Las dos estamos listas antes de la hora prevista! Así que, aunque aún es temprano, decidimos salir ya de casa. Tenemos que caminar un poquito y acercarnos a una gasolinera próxima donde vendrán a recogernos en un rato.

Adrián se levanta medio soñoliento para despedirnos.

¡Nos vamos! Respiramos aliviadas, después del chaparrón terrible del día y noche anterior ¡no llueve! Una preocupación menos, las mochilas al menos no se mojarán.

Esperamos un rato, más de lo previsto, en la gasolinera. ¡Y al fin llega! Nos recoge una combi para llevarnos al lugar donde tomaríamos el autobús con más viajeros, para hacer el primera tramo de trayecto hasta la frontera de salida de México.

Finalmente optamos por hacer el viaje hasta el lago Atitlán, nuestro primer destino en Guatemala, con una agencia que nos recomendaron, y que, haciendo cálculos, nos salía mucho más barato, rápido y cómodo que hacerlo nosotras por libre, como teníamos pensado en un principio.
Toda la info en este post → Frontera La Mesilla: De México a Guatemala

Después de unas horas ¡por fin! Llegamos a la frontera de salida de México en Cuahtémoc.
¡Emoción!

Aquí yo llevaba la lección bien aprendida, y ¡menos mal! Me tocó “discutir” con el policía que me pondría el sello de salida para no pagar la tasa de unos 25 euros al cambio que quería cobrarme y que, efectivamente cobraba a todos, los que tenían que pagarla, ¡y también a los que no!
Y en nuestro caso, no nos correspondía pagarla, el porqué, aquí → Frontera La Mesilla: De México a Guatemala

Efectivamente no pagué, yo sabía que estaba en mi derecho de no hacerlo, y yo cuando tengo razón ¡la tengo! El carácter de una sale a relucir ¡hasta delante de policías uniformados en México! ¡Faltaría más! 

Entre la frontera de salida de México y la de entrada de Guatemala hay unos pocos kilómetros que me tuvieron todo el trayecto con mis cavilaciones absurdas en la cabeza.

.- Ya me han sellado la salida de México y aún no tengo el sello de entrada de Guatemala, entonces, si en este momento morimos ¿dónde estamos?

Y todas esas cosas que hacen el aburrimiento, el madrugón y las largas horas de bus.

¡Ya estamos! Llegamos al pueblo posiblemente más feo que haya conocido jamás. Algo así como un pueblo “fantasma”, con un calor espantoso y olor de lo más desagradable lleno de suciedad y tiendas cerradas. Tocaba sellar la entrada a Guatemala, y tocaba cambiar de bus. El que nos había traído solo podía llegar hasta ahí y recogería posteriormente la gente que cruzaba frontera a la inversa, desde Guatemala a México.
Caminamos un poquito y llegamos al lugar donde nos sellarían la entrada a Guatemala.
¡Nuevamente emoción! ¡Mi primera entrada terrestre a un país!
Imaginaba que nos revisarían la mochila, pasaríamos por arcos de seguridad, todas esas cosas tan habituales en todos los aeropuertos.

¡Pues no!

¿Frontera light? NO ¡lo siguiente!
Entramos en grupos de cinco-seis personas al lugar donde nos sellarían la entrada. Había un mostrador, nos acercamos a él con nuestros pasaportes, un chico los recogió y se los llevó a los encargados de sellarlos que estaban sentados en mesas detrás del mostrador. Nos los fueron sellando (¡prometo que sin mirarnos ni las caras!) y el chico que los había recogido nos los devolvió.

¡Listo! Ese fue todo el trámite que tuvimos que hacer.
NO revisaron mochila.
NO hubo arcos de seguridad.
NO hubo ninguna pregunta.
¡Y estoy casi segura que ni siquiera comprobaron que éramos los mismos de la foto de nuestro pasaporte! O al menos esa fue nuestra sensación.

Después de esa frontera, he hablado con muchos viajeros de este mismo tema, de la absurdez de las fronteras, demasiada seguridad, revisión, arcos, y todo lo demás cuando entras en avión ¡y nada de nada cuando entras por vía terrestre! ¡Incoherencias viajeras!

Después de poner el sello de entrada esperamos fuera que vinieran las combis a recogernos, y ahí fuera, cometí el primer gran error monetario.
¡No cambié dinero! Tan solo lo justo para poder ir al baño y comprar un helado de chocolate antes de irnos. En teoría, y según nos habían dicho llegaríamos al Lago Atitlán no más tarde las 16 pm, con lo que, podría cambiar y comer al llegar a San Marcos La Laguna, nuestro primer destino guatemalteco. Esa era mi idea, ¡pero no lo que finalmente sucedió!

El viaje a San Marcos La Laguna fue mucho más largo de lo que en principio nos habían dicho en la agencia. Llegamos aproximadamente a las 19h de la tarde (hora guatemalteca) a Panajachel, pueblo más grande de los que rodean el Lago Atitlán y desde donde tomaríamos el barco a San Marcos, después de muchas horas de combi, curvas, hambre voraz, y parones cada media hora para que una pobre chica, que lo estaba pasando fatal, pudiese vomitar y tomar un poquito el aire.

Total ¡Craso error no cambiar en la frontera! Y más sabiendo luego que el cambio que me ofrecían era muy bueno, mucho mejor que en cualquier casa de cambio en Guatemala.

He de decir que uno de los momentos que recuerdo con especial cariño fue el disfrute del preciosísimo paisaje desde la frontera hasta el Lago Atitlán. ¡Hizo que me enamorase de Guatemala sin haberla pisado tan siquiera! Un flechazo, eso tuve, y eso fue para mí Guatemala, un país-flechazo, ¡desde el principio!
El súmmum llegó cuando, antes de llegar a Panajachel, la combi se paró en “las alturas” para que pudiésemos bajarnos y deleitarnos con la vista desde arriba del precioso lago y todos sus pueblos y volcanes alrededor. ¡Piel de gallina! Se me pone la piel de gallina cuando recuerdo esa impresionante vista, y la certeza de que iba a ser amor viajero del bueno el mío con el Lago Atitlán. Se dice de el lago que es uno de los lugares más hermosos del planeta y yo, ¡doy fe!

Llegamos a Panajachel ya de noche, allí nos esperaba un barco para dejarnos en los pueblos elegidos y antes de eso ¡por fin pudimos cambiar allí nuestros últimos pesos mexicanos!
¡M-O-M-E-N-T-A-Z-O! Así a lo grande, en mayúsculas, subrayado ¡y con luces de neón si pudiera ponérselas! Mi primer paseo por el Lago, a pesar de ser de noche, fue una de los momentos viajeros más especiales de mis meses en ruta.

Lago Atitlán Guatemala

Aunque había niebla y se hacía de noche ¡esta fue la imagen!

El Lago Atitlán tiene una energía única, se percibe, se palpa, te acaricia, te llena, y a mí, que soy muy sensible a las energías de los lugares, ¡me atrapó! ¡Es magia pura! Uno de los lugares con más energía que haya pisado nunca, y al respecto hay multitud de leyendas y una realidad, existe una ciudad maya sumergida en el fondo del lago. Sea por lo que sea, prometo que la energía del lago es tremenda y maravillosa, y se siente, creas o no, ¡se siente!

Llegamos a San Marcos aproximadamente media hora después de salir de Panajachel rezando porque hubiese sitio en el hostel que habíamos mirado antes de salir de México, porque reserva no teníamos, ni tampoco mucha idea de a qué lugar barato podríamos ir si no había cama allí para nosotras. Pero afortunadamente, ¡si que había! Así que nos quedamos en el “Hostel San Marcos” por 60 Quetzales cada una en habitación privada con baño compartido. ¡La verdad es que era un lugar precioso! Con muy buen rollo y mucha paz.

Dejamos las cosas y ¡a comer! ¡Nos moríamos de hambre como nunca! Y es que fueron 14 horas en mi caso con un zumo, un poquito de bizcocho, un helado y una bolsa de patatas en el cuerpo.

Buscando opciones para cenar, la primera impresión que luego confirmaríamos en días posteriores es que en Guatemala ¡era todo bastante más caro que México! Y también, que, al menos en San Marcos, el pueblo más “espiritual”, lleno de centros de meditación, terapias energéticas, yoga y todo lo relacionado, yo al menos ¡podría comer a gusto! Había un montón de opciones vegetarianas / veganas, ¡qué lujazo después de mis meses en México!

Elegimos uno y allí nos gastamos casi todo el dinero que nos quedaba, pero ¡no importaba! Mañana sería otro día e iríamos a sacar dinero a algún cajero.
¡O eso pensábamos! 
Y aquí llega una de las primeras historiazas de ruta guatemalteca…

Continuará…

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