Antes de comenzar:

.- Sí. Lo admito. Yo también lo he hecho. Yo también he sido. Mea culpa.

Por eso quizá hoy por fin puedo hablar sobre esto, porque me ha costado ¡pero lo he conseguido!,  he conseguido salir de la terrible adicción del s. XXI: La “Conexionitis  eternita  aguda con brotes intermitentes de WhatsAppitis crónica”

¿Cómo lo he hecho?, desinstalando el WhatsApp y redes sociales una larga temporada y observando alrededor la realidad, la terrible realidad en la que estamos inmersos.

WhatApp: Aplicación para el móvil ideal para “no estar”.

“Cuantas miradas nos perdimos por perdernos en conversaciones telemáticas”

Llegará un día no muy lejano que todos hagamos esta frase nuestra. Llegará un día en el que la certeza de los momentos perdidos en compañía de aquella persona que tal vez ya no esté, nos pesará como una losa. Llegará un tiempo de reflexión en el que sumemos el tiempo de conexión y sumará más que el tiempo  disfrutado con los cinco sentidos.

Llegará un día… Llegará.

Quizá cuando la vorágine de la permanente conexión caiga de nuevo en el desuso. Quizá cuando las emociones reales por fin y de una vez se abran paso ante las emociones sintéticas, las emociones de mentira, las emociones en forma de emoticono con las que hoy en día sentimos y compartimos nuestra más íntima realidad.

WhatsApp, esa aplicación a priori tan útil en el uso que tanto daño social ha hecho en el abuso, esa aplicación que ha dejado tras de sí una estela in-crescendo de adictos compulsivos que ni siquiera saben que lo son. Esa aplicación que nos ha hecho perderlo todo, la educación, el respeto y la vida “hoy”, ahora, en este instante, la vida reflejada en los ojos de la persona que tenemos enfrente, esos ojos de los que desviamos la atención que acapara obsesivamente nuestra  pantalla del móvil sin vida por incursionarnos en otros mundos, otras realidades, otras espacios y otras conversaciones ajenas a la que disfrutamos en nuestro auténtico hoy, el que se palpa, el que se ve, el que se siente, el que se huele, el hoy del reino de los sentidos.

Y es que en los últimos tiempos ya no solo nos desplazamos enfermizamente por el futuro y por el pasado, recordando otros tiempos o pre-ocupándonos por lo que vendrá, ahora también nos transportamos a otros lugares, otros espacios y otras conversaciones que no son la presente. Dispersamos nuestra energía de manera constante sin ni siquiera ser conscientes de ello.  Hemos dejado de honrar a nuestros contertulios abandonándolos por segundos con cada pitido infernal que nos transporta a otros lugares,  momentos,  espacios,  conversaciones y  personas ajenas a las de este instante.  Perdemos por segundos el hilo de la conversación con quienes tenemos enfrente a la vez que perdemos el hilo de la vida misma. Todos nos pensamos “moderados”,  nunca hay adicción, todo es lo normal, lo lógico, todo es urgente, siempre es necesario contestar, siempre hay que arreglar, quedar, escuchar, reír o leer, y todo ello lejos, muy lejos de nuestro presente, de nuestro instante, de nuestra realidad palpable, de nuestro hoy.

Nos creemos “espirituales”, leemos libros de grandes maestros como yonquis de la auto-ayuda y del sentido de la vida, nos volvemos profetas del “vivir en el presente”, adoctrinando, enseñando y repitiendo como autómatas las teorías de los libros, pero sin embargo no somos capaces de desconectarnos del mundo virtual para conectarnos a la realidad física ni siquiera en compañía, la realidad tangible, la que sabe, la que huele, la que que nos mira con recelo cada vez que desviamos la mirada al aparatito sin alma que se ha convertido en una extensión de nuestro ser.

Ponemos fotos de paisajes idílicos como fondo de pantalla de nuestras conversaciones virtuales mientras que ignoramos el cielo, el sol, la luna y toda la belleza que nos rodea en forma de paisaje, sonrisa o mirada que estremece el alma. Regalamos más besos, guiños, sonrisas y risas en  forma de emoticono que en forma de realidad palpable, disfrutable, achuchable a la gente que forma parte de nuestro “este-momento”. Hemos llegado a tal punto de dependencia que se nos acaba la batería a la vez que se nos “acaba el mundo” y buscamos con desesperación un enchufe como yonquis de la permanente conexión, como si todas las urgencias de nuestros años de teléfonos fijos se concentrasen en este momento de móviles como extensión de nosotros mismos.

Y yo digo:

STOP

BASTA

FIN

Apago el móvil, me conecto a la vida.

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