“Cuando nos dijimos adiós sentí un desgarrón en el alma. Y así siempre, y así en cada viaje…”

Esta frase se me vino a la cabeza un día de luna llena evocando otras lunas, en otros lugares, en otros momentos y rememorando como siempre anécdotas y despedidas viajeras ,no solo mías, y entonces me acordé de un tema tabú que solo los más románticos abordan, los amores viajeros.

¿Qué pasa si…?

Pues te aviso, si viajas abierta a enamorarte de los lugares, en esa apertura a veces se cuela también un amor viajero, pasajero, intenso, a veces platónico, a veces carnal, pero en todos los casos inolvidable. Y lo recordarás, lo recordarás siempre como un gran amor. Y lo fue, lo fue porque se dio en el espacio y en el tiempo adecuado, porque las prisas y rutinas no lo estropearon, porque así se conservará para siempre en nuestra memoria, sin mácula, sin error, sin dolor.

Amores viajeros: amores efímeros, fugaces, únicos… rozando la utopía de los descreídos.

Los amores viajeros conservan la pureza de las primeras veces, de los amores de verano que todos recordamos, de los amores castos de miradas fugaces y sonrisas a escondidas, de las declaraciones de amor inesperadas días antes de que llegase el “odiado” septiembre y esa vuelta a la rutina que ya desde niños rechazamos, tan lejos de las aventuras estivales y nuestra ansiada libertad alejada de libros, deberes y estudios. Cuando viajamos nos reconciliamos con ese niño interior que siempre está ahí, latente, pero ahogado en esa vida de “mayores” que nos empeñamos en llevar.

amores viajeros

Todos tenemos en la cabeza el recuerdo de ese amor fugaz de aquel viaje en tren, de aquel verano en la playa, de aquel viaje de estudios cuando empezábamos a despertar a la vida en esas adolescencias de acné y brackets culpables de nuestras primeras noches de insomnio pensando en esos primeros besos metálicos. Y eso es un amor viajero, una vuelta a la adolescencia, una vuelta a ese corazón entero sin rasguños ni heridas que todos tuvimos un día.

Porque viajar sana, sana el cuerpo, sana la mente y también sana corazones heridos herméticamente cerrados con siete vueltas de llave. Te reconecta con tu yo profundo, con todos esos que fuiste y aún llevas dentro.

En un viaje todo se amplifica, tus sentidos están más despiertos que nunca para captar olores, sabores, para ver, para sentir, y entonces en esa apertura, surgen los encuentros, las conexiones  viajeras con otros seres en tu onda, con nuevos amigos que lo serán por siempre, con “hermanos” viajeros, y en la ruta liberado/a de prisas, de horarios, de obligaciones te dejas llevar, y a veces surge como surgen las mejores cosas, cuando menos te las esperas, el amor viajero es así, impredecible, y yo diría también que imprescindible cuando llega.

Porque a las sensaciones que el propio viaje despierta, se suma la emoción de algo que sabes “efímero” (aunque a veces no lo es) y por ello lo intentas vivir con total intensidad. En un viaje no hay dudas, no hay tiempo. Y entonces te lanzas al vacío en una vorágine de sentimientos cruzados, y te “enamoras”, o te “ilusionas” o… ¿qué más da?, el amor viajero forma parte de la ruta, forma parte de esa idea romántica de descubrimiento implícita en el propio viaje.

amores viajeros

Por eso, viaja. Viaja con el corazón, deja tu parte racional en casa, sigue tus instintos, enamórate siempre, enamórate cada día de lugares, de situaciones y de personas, deja que se cuele si se tiene que colar un amor viajero, y cuando vuelvas, te prometo que ya nada será igual… Aprenderás a amar más y mejor, con más intensidad, con la pasión de los viajeros.

Porque viajar también educa el corazón, te aleja de los condicionantes sociales, te abre, te inspira. TE SANA.

¿Y vosotros? ¿Habéis tenido algún amor viajero? ¿Qué opináis sobre este tema? ¡Os espero en los comentarios! ¡Me encantará leer vuestras historias!

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