01/03/2016: El día de mi alta. El día que jamás olvidaré. Y este texto es mi pequeño homenaje al día que me volví a conectar a la vida después de tanto y tan intenso.

Mis padres me vinieron a buscar ese día, y se encontraron con la sorpresa de que ya estaba duchada, vestida, peinada y ¡casi lista para irme! con la salvedad de las mil cosas que tenía dispersas por la habitación y que no podía recoger por mi absoluta “torpeza”, falta de fuerza e incapacidad para poder moverme. Mi madre fue la que se encargó de recogerlo todo mientras yo desde el sillón la seguía y sentía cada vez más y más profunda la melancolía de la despedida de aquel “mi pequeño mundo” hospitalario.

A punto ya de irme definitivamente, le pedí a mi madre que me hiciese unas fotos allí, en la habitación 306, la mía, la que jamás olvidaré. Me costó mucho, muchísimo, ponerme recta y posar para la foto, apenas podía mantenerme erguida, sentía que las heridas internas de los tubos de los drenajes del neumotórax en ambos pulmones me pesaban cientos de kilos y hacían que caminase encogida, encorvada, me sentía por primera vez como una anciana, una anciana al revés, una anciana de treinta y cinco años que iniciaba el camino ascendente hacia lo mejor de su vida. Pero quería hacerme esas fotos, quería recordar y recordarme en aquel momento en el que tenía todo por sanar a nivel físico, y mucho a nivel emocional después de todo lo vivido. No quería imaginarme, quería verme. Verme cuando pasase el tiempo, cuando la memoria empezase a alterar la percepción de lo vivido. Verme, recordarme y jamás olvidar.  Jamás olvidar aquella sonrisa, aquella sonrisa tan aparentemente igual al resto de mis sonrisas y tan diferente para mí por todo lo que significó. Era una sonrisa de victoria. De victoria después de todo. De ganas. De vida. De mundo. De felicidad. De pesadilla que concluye. De historia que comienza. Que comienza como las mejores cosas, como algo que nace de nuevo. Sin rencor. Con amor.

En la habitación del hospital el día de mi alta

¡Sonrisa de victoria! Últimos momentos en la habitación 306…

Y abandoné la habitación. Del brazo de mi padre y con el bolso que me negué a quitarme, tan grande como siempre, pesándome como la más insoportable carga que nunca jamás hubiese llevado. Me costaba cargar con el bolso, me costaba andar, me costaba moverme, me costaba mover mis dedos y mis manos que durante mucho tiempo continuaron dormidas por tantas vías, tantos días. Iba despacito por el pasillo del hospital, fijándome en cada detalle, en cada persona con la que me cruzaba, enfermeras, celadores, médicos, buscaba caras conocidas, buscaba aquella que fue allí mi “familia”, quería despedirme, agradecer, abrazar. Tenía tanto dentro, tanto…

Bajé a la primera planta, allí estaba la UCI, el lugar en el que había pasado aquellos primeros cinco días de dolor y caos, aquel lugar que jamás olvidaré. Les había prometido que me iría a despedir cuando me diesen el alta. Y allí estaba yo de vuelta, duchada, peinada, vestida, y al fin de pie. Nada que ver con aquella que se despidió el día que la llevaron a planta, en la cama, en cenizas, con el pelo sucio y revuelto, con aquella venda en la cabeza, llena de cables, vías, heridas e historias. Fue una sensación extraña acercarme y llamar a la puerta para entrar. Yo al fin del otro lado, del lado de las visitas, del lado de la gente sana. Yo que hacía tan solo unos días había estado en el lado de la enfermedad, de la soledad, del dolor y de la agonía de la espera. Me abrió la puerta uno de los intensivistas que me atendió alguno de mis días allí, y entonces empezó lo mejor:

No me reconoció. Ni él, ni el resto de médicos y enfermeras que iban saliendo llamados por los otros para despedirse de mí. Yo les iba señalando el lugar donde estaba el tumor, y entonces uno tras otro se llevaban las manos a la cabeza y me decían que les parecía imposible. ¡Imposible! Imposible que estuviese así de bien ya después de todo. Imposible que después de todo lo vivido me apareciese allí el día de mi alta maquillada, con tacones y “buen aspecto”. Imposible. Ni una sola persona de todas las que salieron a despedirse llamadas por los otros, me reconoció a la primera. Ni una. Con lo que pude concluir que había hecho un “buen trabajo” aquella mañana para salir lo más “yo” que pudiese de aquel hospital.

Había conseguido pasar por alguien “sano”, de buen aspecto. Después de todo. ¡Increíble pero cierto!

Fue emocionante para mí, muy emocionante la despedida de toda aquella gente que tanto me acompañó y cuidó aquellos días, mis “angelitos de uniforme” a los que siempre estaré agradecida.

Y salí. Finalmente salí a la calle.

Cerré los ojos.

Aire.

Sol.

Por fin.

¿Cómo explicar lo sentido en aquellos primeros minutos de “re-conexión” a la vida? ¿Cómo encapsular en palabras o frases tanta emoción y tan intensa? Habían pasado siglos bajo mi percepción en aquel hospital, había llegado a mi límite de dolor físico, al límite del abismo y la desesperación en los peores momentos. Había soñado, había deseado, había imaginado aquel instante con tanta intensidad que allí de pie sentí que me rompía por dentro, que explotaba de tanto sentimiento. Supe en ese preciso instante, que yo ya no era “yo”, que mucho había cambiado,  o quizá que todo había cambiado. En ese momento no había penas, dramas, ni mente, ni ayer, ni mañana. Estaba solamente yo. Yo esencia. Yo. Simplemente Yo. Yo y mi hoy. Yo y más amor del que nunca imaginé por la vida, por la Madre Tierra, por el Padre Sol que allí estaba para acompañarme en mi día de celebración. Me sentía rara, extraña, sentía que realmente aquel era el primer día en que pisaba la calle. Sentía que aquella era la primera vez que sentía el sol, la brisa, que veía la gente en la calle, que escuchaba voces, que veía coches.

Y quizá así fuese.

Había RENACIDO.

Y allí, en la puerta de hospital, recibí otra de las grandes lecciones de vida que espero no olvidar jamás. Le pedí a mi madre que me hiciese una foto en la salida del hospital, quería mandársela a mis amigos y a toda la gente querida que tanto amor me dio en mi batalla.

Me puse recta como pude,  sonreí y… mi madre me fotografió.

Estaba contenta, feliz, sonriente, me sentía radiante, como el día, y eso se reflejó en la foto.

A la salida del hospital el día de mi alta

¡POR FIN! Esta fue la foto que mi madre me hizo a la salida del hospital

En ese momento a mi lado pasaron una pareja cogidos del brazo, señora  y señor, tendrían no más de 60 años. Y la señora al pasar a mi lado dijo en voz alta lo más injusto que pensé jamás escuchar en ese momento, en esa situación. Dijo:

.- Hay que ver. Qué vergüenza de juventud. Venir aquí a hacerse fotos aquí al sanatorio…

Yo la miré y quise decirle:

.- Señora, acabo de salir del hospital. Usted no sabe lo que significa este momento para mí. Acabo de salir a la calle después de “siglos”, me acaban de abrir la cabeza hace quince días, me acaban de extraer un tumor cerebral. Tengo derecho, tengo derecho y quiero hacerme esta foto.

Quise decirle, pero no le dije nada. Solo recuerdo que aquello me puso muy triste. Me pareció injusto. Muy injusto. La señora había visto una chica “sana”, joven, haciéndose una foto con toda la frialdad en la puerta de un  hospital. Y lo que había allí nada tenía que ver. Allí estaba alguien que acababa de salir del hospital, de renacer, captando en una instantánea su victoria.

Enorme lección de vida la de aquel momento:

Jamás prejuzgar, jamás juzgar  a nadie en apariencia, sin conocer su historia. Posiblemente nos equivoquemos. Aquella señora lo había hecho conmigo. Y yo ese día aprendí que no debía volver a hacerlo jamás.

Por fin llegamos a Villaviciosa, y había dos cosas que yo deseaba más que nada en el mundo antes de subir a casa, la primera, ¡ver a mi abuela! Y la segunda tomar una cerveza al sol (sin alcohol de momento, claro) Y así se lo dije a mi padre. Antes de bajar del coche y con aquel hilo de voz que me quedó y con el que conviviría dos meses hasta recuperar por completo mi tono normal,  le pedí por favor que me llevase a tomar una cerveza, ¡Su cara fue un poema!, su hija que acababa de salir del hospital, aquellas cenizas que empezaban a reconstruirse que ni siquiera podían  moverse, hablar, andar, ¡le estaban pidiendo una cerveza al sol! Conseguí convencerle y mi deseo se cumplió, yo, el sol, la cerveza fría que tanto anhelé en el hospital y un día casi primaveral.

Me sentía la mujer más dichosa de la Tierra.

mi primera cerveza el día de mi alta hospitalaria

¡FELICIDAD! ¡Mi primera cerveza post-hospitalaria!

Al volver mi abuela estaba paseando debajo de casa, así que, ¡pude cumplir mi otro gran deseo! Volver a ver a mi abuela fue una inyección de vida, de realidad, de “vuelta a casa”.

Con mi abuela el día de mi alta hospitalaria

Me costaba ponerme recta, y me dolían mucho las heridas internas, ¡por eso mi mano apoyada en el costado!

Ahora sí. Había llegado. Comenzaba mi “reconstrucción”, mucho que recuperar a nivel físico, no podía  moverme apenas, tenía las manos completamente dormidas e “inútiles”, dolor fuerte en las heridas internas de los “tubos”, mi voz que tardaría dos meses en recuperar, y un largo etcétera,  y en segundo lugar muchos nudos que deshacer a nivel emocional por todo lo vivido.

Sabía que sería un largo trayecto, muy largo, pero no tenía prisa, TENÍA VIDA.

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