Y renací, y con mi Renacimiento empezaron a llegar los primeros rayitos de esa luz que ya me acompañaría por siempre. Tenía la infinita certeza de que a partir de ese momento ya no habría más infiernos ni sombras, sabía que había ganado la luz aquella batalla, y sabía que se quedaría para siempre a mi lado como compañera fiel en mis días más grises.

Mi Renacimiento estuvo acompañado de pequeños-grandes regalos a nivel físico, aquel día y después de recuperarme del mareo que me produjo la extracción del último drenaje, por fin:

–  Pude meterme en la ducha, fue tan solo una pequeña mini-ducha, sentada en el taburete para no caerme y con ayuda de mi madre, pero fue la ducha que jamás olvidaré, la mejor, la más deseada, la más soñada.

– Con mucho cuidadito, mi madre por fin pudo lavarme el pelo después de toda mi odisea, habían pasado casi quince días desde la última vez que lo había podido lavar aquel día del cual habían pasado siglos a mi parecer momentos antes de bajar a quirófano. Por fin me liberé del Betadine, de la suciedad acumulada en tantos días sin agua ni champú, y simbólicamente también se fueron por el desagüe todos los restos de dolor de mi abismo.

– ¡Adiós camisón de hospital! Era libre, ya no tenía cables, vías, oxígeno ni drenajes. La medicación a partir de ese momento sería oral, así que decidí ponerme mi pijama bonito como una ceremonia de iniciación y de reencuentro con la nueva Mariu, la vieja Mariu, todas las Mariu que había sido y todas aquellas que sería a partir de ese momento.

A pesar de que aún no podía moverme bien, ni caminar, ni siquiera ponerme recta del todo, y a pesar de que el neurocirujano nos había dicho que empezase a caminar despacito por la habitación pero siempre cogida de alguien al principio para evitar mareos y caídas, decidí que había llegado la hora de quedarme sola la mayor parte del tiempo al menos. Le dije a mis padres que a partir de ese día dormiría yo sola, decidimos que ellos solos vendrían a visitarme por la tarde y el resto del tiempo yo me intentaría valer por mí misma. Mi cuerpo obviamente aún no me acompañaba, pero mi mente estaba en mi sanación. Ese fue el quid. Esa fue la razón de mi alegría aquellos días de torpeza física y recuperación.

Fue difícil al principio, muy difícil, caminaba encorvada, despacito, sujetándome a la pared para llegar a cualquier parte, sentía que llevaba un peso de miles de kilos en los costados donde había llevado los drenajes, me costaba coger el más mínimo peso, mover, levantar, poner, quitar, mis manos aún estaban torpes, dormidas, apenas podía ni siquiera escribir en mi ordenador, me costaba comer, pelar la fruta, cortar, partir el pan. Estaba torpe, se me caía todo al suelo y agacharme a recogerlo se convertía en la gran odisea de mis días de vuelta a la vida.

Paciencia. Eso que nunca tuve conmigo y que este proceso me ayudó a tener. Fue cuestión de paciencia y fue cuestión de amor. Amor por mí misma, amor por la vida, amor por mi proceso. Amor y paciencia fueron los factores clave en aquellos primeros días de vida después de volver a nacer. Ya no era la Mariu súper-woman, siempre perfecta, la que se castigaba como a nadie cuando cometía la más mínima equivocación. Ahora era amor, era paciencia, había aprendido a perdonar a aquella que siempre castigué: a mí misma. Recuerdo aquellos días con infinita ternura, la misma que sentía hacia mí. Después de todo, después de una vida entera, después de morir y renacer, había aprendido por fin a tratarme de la misma forma en que trataba al resto del mundo, sin peros, con infinita paciencia, con infinita ternura, con infinito AMOR.

Y hoy desde la distancia digo que valió la pena Renacer. Valió el dolor, valió el amor, valió la angustia y la esperanza. Valió todo, todo para poder volver a amar y a amarme incondicionalmente. Sin peros. Sin condiciones. Sin reservas. Sin castigos.

Amor.

Amar.

Siempre.

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