“Ten paciencia. Espera a que el barro se asiente y el agua se aclare. Permanece quieto hasta que la acción correcta surja por sí sola”

(Lao Tsé)

Paciencia, esa virtud tan lejana a mi carácter siempre pasional e impulsivo.

Paciencia, esa virtud que pensaba nunca llegaría a tener.

Paciencia…

Esa fue otra de las pruebas / lecciones / aprendizajes de mi proceso. Aquellos días de Infierno tuve que elegir: Tener paciencia o caer en el abismo de la desesperación. Y elegí, elegí bien, elegí  la paciencia porque sabía que llegaría el día de luz, sabía que cada día que pasaba era un día menos para poner fin a mi calvario. Aunque por supuesto no fue fácil, nada fácil, pero nada que merezca la pena lo es.

Y llegó el día, el gran día, el día con más luz posiblemente de mi vida, pero como todo lo grandioso, llegó precedido de un momento muy duro.

La noche anterior me habían pinzado el “maldito tubo” (que iba conectado a una especie de “maletín” al vacío para drenar todo el aire imagino),  para valorar si me lo podrían retirar a la mañana siguiente una vez hechas las pruebas que decidirían si continuaba la tortura o si por fin llegaba la tan ansiada luz.

A la mañana siguiente me bajaron a hacerme las pruebas en la silla de ruedas, recuerdo que era sábado y que había muy poca gente ese día en el hospital, y también recuerdo el dolor tan espantoso que tenía ese día, creo que más que nunca. La cuestión es que tenía que ponerme de pie para hacerme las radiografías de tórax, ¡pero no podía!, me era imposible mantenerme de pie por mí misma, el dolor era extremo, desgarrador, insufrible, insoportable, además hacía mucho calor allí abajo, tanto que me mareé por la mezcla terrible de dolor y calor, me trajeron agua, me ayudaron a ponerme en pie desde la silla de ruedas y a cogerme a unas agarraderas porque por mí misma hubiese sido imposible. La prueba duraba tan solo unos segundos, sin embargo para mí fueron horas, me caía, sudaba, temblaba, aquello fue un auténtico martirio, pero también fue el último momento de martirio. Yo aún no lo sabía, pero la tan ansiada luz estaba a punto de llegar.

Y llegó. Cuando aún estaba en la cama nuevamente en cenizas reponiéndome del dolor extremo de esa mañana, me anunciaron que POR FIN, me quitarían el drenaje.

Y vi la luz. Más clara y más luminosa que nunca.

Y Respiré.

Y Renací…

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