Es difícil hablar de luces en aquellos días terribles, pero las hubo, siempre las hay, pase lo que pase las hay, solo hay que aprender a verlas saliendo de ese inmersión en el drama tan cómoda para no buscar, no hacer, no intentar, y finalmente no conseguir.

Y  mis grandes luces, fueron esas grandes lecciones que se me grabaron a fuego en aquellos días, esos aprendizajes que estarán ya por siempre en mí y en mi historia, en mi vida, en mi forma de vivir y afrontar todos los sucesos desde la alegría y jamás desde el drama.

Aquellos días supusieron para mí una cura de humildad como nunca había imaginado. Aquella Mariu de antes, auto-suficiente, independiente, siempre perfecta de cara a la galería, dejó paso a la Mariu de hoy más humilde, la Mariu que se equivoca, que rectifica, que se cae, que se levanta y que además comparte su caída y su lección con el resto del mundo; dejó paso a la Mariu que aprendió a pedir ayuda cuando la necesitaba, algo que hasta este momento no sabía hacer. “Yo puedo con todo”, ese era mi lema, mi filosofía de vida, mi manera de vivir.

Perder de alguna manera mi “identidad”, eso que creemos que somos basándonos en lo que tenemos por fuera, en nuestra parte física y material, fue crucial para mí, supuso aprender desde las entrañas y no desde el ego eso que había leído mil veces en los libros de algunos grandes maestros: “Que somos seres espirituales viviendo una experiencia humana” y no al revés como solemos vivir hoy en día.

Me di cuenta de que a pesar de no poder moverme, de no poder hacer ninguna de las cosas más básicas que antes hacía de modo automático, sin darme cuenta, sin prestar atención, cosas como llevarme la comida a la boca, mover los brazos, hablar, reír, dormir; a pesar de “perder” de alguna manera esa parte física con la que me identificaba, esa chica que era mi yo de antes que siempre iba bien vestida, arreglada, maquillada, bien peinada, oliendo a su perfume favorito, me di cuenta de que a pesar de todo seguía siendo “yo”, y no solo eso, lo era más que nunca.

Una vez despojada de todo lo material solo quedaba mi esencia, solo quedaba mi alma y un cuerpo en cenizas que nada tenía que ver a aquel con el que yo me identificaba, aquel con el que todos me re-conocían.

Y si, me sentía sucia, pero no mal, todo lo contrario, me sentía más auténtica que nunca. Cada vez que alguien venía a hablarme, cada vez que alguien escuchaba mi historia, mi gran sueño, sabía que me escuchaban porque era mi corazón el que hablaba, ya no había físico, ya no había tan siquiera una presencia agradable que pudiese distraer de mi mensaje desde el alma.

Era “yo”, era más que nunca “yo”, “yo” esencia, “yo” alma, “yo” espíritu, liberada de todo lo que nos esclaviza y nos impide “SER”, liberada de máscaras auto-impuestas e impuestas por la absurda sociedad de “tanto tienes tanto vales” obviando lo más importante,  el SER, el alma, lo que somos por dentro. Nuestro “yo” auténtico. Lo que al fin y al cabo siempre perdurará cuando el físico ya no acompañe, por vejez, enfermedad o accidente, ¡quién sabe!

Siempre he alimentado, cuidado e intentado hacer crecer mi mundo interior, seguramente mucho más que el físico que siempre he sabido no era lo importante, pero lo vivido en “mi infierno” particular supuso confirmar desde las entrañas lo que yo siempre había defendido: Que lo material, lo físico, se pierde, se arruga, se enferma, se muere, sin embargo lo que somos a nivel esencia, a nivel espíritu, se queda por siempre con nosotros, de ahí la importancia de alimentarlo, de cuidarlo, de amarlo y nutrirlo para seguir “siendo” con o sin nada externo.

Y aprendí que todos tenemos la suficiente fuerza para librar cualquier batalla por más dura que sea, que todos tenemos herramientas para vencer cualquier demonio, cualquier “suceso” (los problemas no existen), y que en nuestra mano está anclarnos en el drama o en la superación, es una mera elección, las circunstancias jamás son buenas ni malas, simplemente SON.

Y estas son mis luces, las que alumbraron y alumbrarán siempre mi camino, parte de mis lecciones, parte de mi aprendizaje, parte del Máster en Vida que supuso este proceso para mí.

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