Infierno (DLE): 9. m.coloq. Sufrimiento o malestar grande.

Mi Infierno: Sufrimiento, martirio, agonía, calvario, tormento, tortura, degradación física.

De los días siguientes a colocarme el tercer drenaje no hay nada escrito, no hay post, no hay nada. El dolor físico era tan extremo que me era imposible ni tan siquiera coger el móvil, teclear, hacer el más mínimo movimiento y sumado a esto el agotamiento emocional después de tantos días de calvario, hizo el resto.

Tenía pocas fuerzas, muy pocas, y las pocas que tenía las empleaba  en hacer lo posible y lo imposible por no hundirme en aquellos días terribles en los que tan de cerca vi el abismo en el que estuve a punto de caer en los momentos en los que creía llegar al límite de lo aguantable.

Y es que mi cuerpo físico  en aquellos días terribles se convirtió en cenizas.

Cenizas de lo que un día creí que fui.

Cenizas de todo lo que era.

Cenizas.

Solo cenizas.

cenizas

Reducir a cenizas algo: 1.- loc. verb. Destruirlo, arruinarlo, reduciéndolo a partes muy pequeñas

Y así me sentía yo, o las partes de mí que estaban postradas en aquella cama de hospital. Era cenizas, cenizas inútiles, cenizas sin dignidad, cenizas que se pasaban las noches gimiendo de dolor, y los días, y los minutos, y cada uno de los segundos que allí pasé. Eso era yo. En eso me había convertido el dolor extremo de aquellos días fatales.

Es difícil, muy difícil llegar a expresar lo que sentí y viví en aquellos días de terrible “oscuridad”. Ni siquiera puedo definir el dolor que viví durante todo mi proceso desde la UCI hasta casi el final de mis días de hospital debido a los “malditos tubos”, inolvidables tubos, terroríficos tubos. Tortura, calvario, Martirio, dolor desgarrador, Infierno. Esa es la mejor definición de aquellos días que no olvidaré jamás. Me sentía destrozada físicamente, total y absolutamente destrozada.

Sombras en estos días hubo muchas, las hubo todas, al calvario físico se sumó la degradación moral en algunos momentos duros, la pérdida de identidad, de esa mujer que yo creía que era, auto-suficiente, independiente. Pasaron siglos en estos días, mil lecciones, aprendizajes grabados a fuego desde las entrañas y una cura de humildad como nunca había recibido.

Por primera vez pedí ayuda.

Por primera vez aprendí a pedir ayuda.

Sombras:

La Cuña:

Yo no podía levantarme de la cama por mí misma, por supuesto no podía ir al váter, tenía que llamar a las enfermeras y usar la “maldita” cuña para orinar. Nunca jamás había estado ingresada en un hospital y era la primera vez que usaba algo así. Yo que siempre fui tan pudorosa, estaba “meando” en la cama, delante de gente, manchando inevitablemente la cama en ocasiones y manchándome yo misma. Apenas podía ni tan siquiera llegar a limpiarme.

La primera vez que la pedí, la primera vez que llegué a mojar un poquito la cama fue una noche, lo recuerdo perfectamente, esa noche dormía mi madre conmigo y por primera vez tuve que orinar delante de todos. Esa fue la primera noche que me sentí al límite del precipicio, me tambaleé y me aferré aún no sé a qué para no caer.

Inútil-Sucia-Ridícula, así me sentía.

El váter móvil:

Lo  peor llegó aquel día en que volví a pedir el váter móvil. Llevaba ya demasiados días en el hospital, tenía necesidad de ir al baño y no podía moverme por mí misma, en la cuña me negaba y tampoco hubiese podido hacer nada, así que un día que ya no podía más decidí pedir el váter móvil y quedarme tranquila y sola en la habitación el tiempo que me hiciese falta. Quizá parezca una tontería pero debo confesar que me daba vergüenza pedirlo y mucha más que enfermeras y celador me tuviesen que sentar allí, porque ni siquiera eso podía hacer por mí misma.

Me quedé sola en la habitación con el pulsador cerquita para avisar cuando “acabase”, sí, sé que es un proceso natural, que en los hospitales están hartos de hacer lo mismo, pero no era un proceso natural para mí, para la Mariu auto-suficiente, para la Mariu independiente, para la Mariu tan pudorosa siempre para estos asuntos escatológicos.

¿Lo peor de todo? Sin duda cuando ellos, celadores, enfermeras, me limpiaron. Con ese camisón ridículo abierto por detrás y sin ropa interior claro está, me cogían, me levantaban y me limpiaban. Ellos me limpiaban. Retrocedía en el tiempo, volvía a ser un bebé inútil, pero esta vez no era mi madre la que me limpiaba, eran ellos, extraños, ajenos, y yo, por primera vez, era consciente de todo.

Si, ni tan siquiera eso podía hacer por mí misma.

Sentía vergüenza, mucha, a pesar de saber que era algo natural, me avergonzaba haber tenido que llegar hasta ese extremo que prometo, nunca en la vida pensé llegar, ni siquiera me lo había llegado a plantear.

Yo era una chica sana.

Yo era una chica con salud de hierro.

La suciedad:

Me sentía sucia, terriblemente sucia, llevaba más de doce días en aquel hospital sudando cada día y sin poder pegarme una tan necesaria ducha para mí. Sí, me lavaban cada día las enfermeras, pero me lavaban en la cama con una esponja con jabón, nada que ver con sentir el agua de la ducha deslizándose sobre mí. Soñaba con pegarme una ducha, cada día le preguntaba a mis médicos cuando podría hacerlo, y nunca llegaba el día.

Aparte de esto llevaba el pelo sin lavar desde el día de mi operación, es decir, rapado un trozo de pelo de extremo a extremo a extremo, y lleno de Betadine, el mismo Betadine que me echaron el día de la operación en quirófano,  tenía el pelo hecho una maraña de nudos y suciedad, aparte por supuesto de los taitantos puntos de extremo a extremo de la cabeza que se veían, claro que se veían. De esa traza me bajaban algunos días en la silla de ruedas a hacerme pruebas, y esos días,  era cuando más “sucia” me sentía, ya no estaba escondida en la intimidad de mi habitación en  el hospital con mi pelo revuelto de loca, pegajoso y sucio como nunca.

Soñaba cada día con darme una ducha y poder lavarme el pelo. Empezaba a sentir asco de mí misma. Cuando estaba mi madre le pedía que me enjabonase un poco con la esponja y agua, tenía mucho calor en aquella habitación, sudaba, estaba incómoda, le pedía que me echase crema hidratante, le pedía desodorante, le pedía incluso unas gotas de mi perfume, necesitaba sentirme limpia, solo eso. ¿A pesar de la tortura física? Sí, a pesar de mi calvario o más bien como consecuencia necesitaba sentirme limpia al menos, quizá en mi subconsciente asociaba mi limpieza, el olor de mi perfume con la salud, con la vida.

Dolor:

Tortura, martirio, calvario, Infierno. Y ni siquiera podía llorar, solo gemía, gemía y gemía como un animalito torturado y malherido durante todos los días y todas las noches que pasé con mi tercer y último drenaje puesto.

Desesperación:

 Después de la primera noche de desesperación una vez puesto el tercer drenaje, y posiblemente peor noche de mi vida, cada mañana me levantaba con la esperanza de que me quitasen el drenaje, cada mañana pedía que por favor fuese ese el día en el que se me liberase de la tortura;  pero nunca era el día, siempre había un día más, siempre había una noche más de tortura, siempre era quizá el día siguiente, pero nunca lo era, mañana tras mañana pasaba de la esperanza a la desesperación más absoluta, y así pasaron aquellos últimos días de hospital entre espera y calvario.

La buena noticia parecía que nunca llegaba.

La No Sonrisa:

No podía sonreír, ni muchísimo menos reír. Entre todo el dolor físico, había momentos (pocos) que parecía remitir un poquito cuando estaba sin moverme en la cama durante un largo tiempo, y eran los momentos en los que “respiraba” un poquito, tan solo un poquito porque el dolor volvía, siempre volvía, a veces con más fuerza, a veces con más intensidad. Eran esos momentos en los que me permitía, a pesar de que en aquellos días tenía menos voz que nunca, bromear un poquito con mi padre, y quería reírme, quería soltar una carcajada, pero no podía. Nadie sabe lo que deseé aquellos días poder volver a reírme a carcajadas…

Una tarde me prometí que cuando saliese de aquel hospital, cuando acabase mi calvario al fin, no habría en mi vida un solo día más sin  risas.

En estos días de Infierno, hubo más sombras que luces, y eran sombras muy negras, no dejaban paso casi a esos rayitos de luz que siempre busco incesantemente en cualquier situación extrema.

Pero también hubo luces, luces chiquitas, luces que se desvanecían entre los grandes nubarrones, luces que estaba decidida a encontrar fuese como fuese, luces de lecciones y aprendizajes grabados a fuego que creo que llevaré en mí el resto de mi vida, y esas pequeñas luces fueron las que me salvaron aquellos días negros del abismo de la desesperación más absoluta en el que empezaba a asomarme cada día un poquito más.

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