Había llegado la hora, había llegado el principio de mi gran infierno, era mediodía, fue justo antes de la comida,  mi padre salió de la habitación, llegaron los doctores y la enfermera y fue en ese momento cuando me pusieron el segundo drenaje en el costado derecho, el drenaje que me costó lágrimas de sangre, el drenaje que puso a prueba mi fuerza hasta límites que nunca pude imaginar, el drenaje que hizo tambalearse todo en mi, el drenaje que casi me hunde a nivel físico y a nivel emocional, el principio de los peores días seguramente de mi vida.

Sí, acababan de operarme de un tumor cerebral,  podía haber salido mal la intervención, podía haber tenido daño neurológico y sin embargo y aunque ni yo ni nadie se lo esperase, el horror a nivel físico y emocional vendría luego con los drenajes.

No tardaron demasiado en ponerme este último drenaje, mi padre entró de nuevo a la habitación al acabar, y ahí estaba yo en la cama, por primera vez derrotada, derrumbada, agotada, desesperada… Cuestionándome el porqué de tanto sufrimiento. No quise hablar con él, ni siquiera podía, ni tampoco quise ni pude comer lo que me acababan de traer las enfermeras, solo quería parar el tiempo, estar conmigo y entender, necesitaba entender el porqué, necesitaba aferrarme a algo, recargarme de la poquita fuerza que ya me quedaba, necesitaba apretar los dientes y volver a “subir” a la superficie.

En ese momento mi padre se fue, mi madre ya estaba a punto de llegar, ella me daría la comida cuando “volviese en mí”. En ese rato que estuve sola en la habitación cerré los ojos, busqué dentro de mí esa fuerza que sabía que seguía, busqué todo eso que me unía a la vida, no debía hundirme, no podía hundirme, era una superviviente, encontraría el camino, y mi camino siempre es hacia arriba.

Creo que fue en ese intervalo de tiempo, cuando el Dr. Cofiño, el cirujano que acababa de ponerme el drenaje y que llevó mi caso, volvió a la habitación y me dejo otra de esas frases que nunca olvidaré, por el momento, por la situación, porque sentí así su apoyo, porque sentí que “no estaba sola” en mi martirio, me dijo:

.-Recuerda siempre que “Lo que no te mata, te hace más fuerte”

Y se fue. Jamás olvidaré esa frase, ese momento.

Llegó mi madre, me dio la comida, no tenía nada de hambre, pero sabía que debía comer, sabía que la comida era necesaria para no hundirme, para rescatarme, para “unirme” a la vida. Y nos quedamos las dos en la habitación, yo en la cama, inmóvil por completo, “en cenizas”, mientras la anestesia local que me habían puesto iba remitiendo y el martirio de dolor extremo volvía a hacer aparición con más fuerza que nunca.

Estuve casi toda la tarde sin moverme en la cama, sin leer, sin coger el móvil, sin ver la tele, en el vacío, en la nada, buscando mi fuerza. Y muy débilmente, pero la encontré, del lugar más recóndito salió de nuevo ese inicio de fuerza que me volvería a conectar a la vida. Fue el “humor”, fue el humor el que aquel día me salvó del horror.

Llegó el Doctor Torres, el neurocirujano, a verme por la tarde, y yo, a pesar de todo, a pesar del desgarro, del martirio, de la debilidad, yo…

Le pedí cerveza, y muy fría.

Cerveza, ese líquido dorado que tanto me ha gustado siempre, que tanto me recordaba mi vida antes de…, cuando me sentaba al sol y a solas con mi cerveza bien fría y mi libro, cuando los viernes después de una semana de trabajo intensa me relajaba con algunos amigos con una cerveza y buena conversación. Cerveza, símbolo quizá para mí de “mi salud”,  de ocio, de amigos, de bienestar. Sé que no era el momento, ni tampoco el lugar, sé que nunca me darían una cerveza allí obviamente, pero yo la pedí, pedí cerveza, me conecté a mi sanación a través de ella esta vez y del humor, bendito humor que tanto me sanó, que tanto me salvó.

Y en ese momento aprendí que a pesar de todo, a pesar del horror que viviésemos, siempre, siempre y siempre se puede encontrar “la fuerza”. Reconfirmé que si queremos, podemos, y podemos siempre, y podemos en todo caso, sin peros, sin dudas. Y yo ese día encontré en el “humor” que nunca perdí en todo el proceso, mi luz al final del túnel, mi cuerda para aferrarme y no caer en las tinieblas de la desesperación y la queja vacía que te hunde en una espiral de dramas que en realidad no lo son tanto, nunca lo son tanto.

A continuación le pedí a mi madre el móvil y volví a publicar, esta vez más entera, con más fuerza, dispuesta a no hundirme pasase lo que pasase, y esto fue lo que publiqué:

“¡Ale ya está! Se acabaron los dramas… ¡vuelvo a ser yo! ¡Acaba de venir al doctor y ya le he pedido cerveza! Que sí, que sí… ¡que Mariu ha vuelto!
¡Así que chic@s! Estoy en un sin vivir hoy de sed cervecera, así que, TODOS a tomar cerveza hoy muy muy fría a mi salud!!! ¡Vamosssss! (Que ahora si que si, acabo con las existencias de cerveza nacionales en cuanto salga de aquí! ¡AVISO!!!)
‪#‎IWillSurvive
(P.D: Se admite y se recibe ¡y tanto que se recibe! cervecita de estraperlo bien escondidita aquí a la habitación de la SED SUPREMA)”

Ese fue el último post que publiqué antes de “mi infierno” personal que estaba a punto de llegar…

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR

¡Únete a mi Tribu!

¿Eres un Soñador/a? ¿Un Viajero/a? ¿Necesitas inspiración para vivir, viajar, soñar, cumplir?

¡Pues únete a mi Tribu! Te llegarán actualizaciones con novedades, información viajera, post inspiradores, pero nada de Spam ¡prometido! (¡lo odio tanto como tú!)

¡Bienvenido/a a la Tribu! Confírmalo en tu email.