Mi tercer día en planta, llena de vías e historias, pero al fin sin drenajes, me desperté con una mezcla de felicidad por la liberación que ello supuso, estaba aún muy dolorida pero no era la tortura de tener los “malditos tubos” como yo los llamaba atravesándome como una “estocada” (nombre que le daba algún celador cuando le tocaba moverme), y nervios, angustia, porque la placa de esa mañana determinaría si volvía el martirio a mi vida hospitalaria en forma de drenaje, o no.

Esa noche le tocó a mi padre dormir conmigo y él me dio el desayuno, estaba muy contenta porque casi casi podía yo coger la comida, muy torpemente porque aún tenía las manos y brazos totalmente dormidos y con calambres continuos por las vías, pero al menos podía intentar moverme un poco más sin que se me clavasen y consecuentemente martirizasen aquellos tubos que jamás olvidaré. Veía que por fin y después de todo, avanzaba, poniendo todo mi empeño en ello, muy lentamente pero avanzaba, veía luz por fin al final de aquel túnel de dolor y angustia.

Recuerdo que mi padre bajó a desayunar, me sentaron en la silla y allí supliqué a mis guías, a mis ángeles que tanto me acompañaron en mi proceso, protección para mi pulmón, pedí, pedí con toda mi intensidad, con toda mi fuerza, con toda mi fe, que no hubiese más dolor, porque sentía que había llegado ya al límite de dolor físico y sufrimiento que podía soportar y ya no aguantaría mucho más. Mi fuerza se resquebrajaba cuando pensaba en más dolor, más tortura, en otro drenaje. Estaba dispuesta a hacer todo lo que los médicos me dijesen, no me importaba llevar más días el oxígeno, meses si hiciese falta, pero no, por favor no, otro drenaje no… Durante toda la mañana llevé mi péndulo con mi angelito cogido muy fuerte, mis piedrecitas, mis amuletos. Creo que nunca pedí nada con tanta intensidad como ese día, creo que nunca tuve tanto miedo como ese día.

Por fin vino un celador a buscarme, la placa de ese día era muy importante y debía hacerla abajo, no en la habitación como en días anteriores. Así que me sentó en la silla de ruedas, me colocó todos mis tubos y mis cables, me pusieron una manta por encima y, por primera vez desde mi ingreso  hospitalario, recorrí los pasillos en esa silla de ruedas, por primera vez bajaba, por primera vez salía de mi habitación, y por primera vez tuve constancia de que yo, ya no era yo, de que ya no tenía nada, nada de lo que creía que me identificaba. Llevaba el pelo lleno de Betadine, sin lavarlo desde el día de la intervención, rapado en la mitad, con la cabeza llena de puntos de un extremo a otro, llevaba ocho días sin poder ducharme, iba con aquel camisón, sin el maquillaje ni la laca de uñas que acostumbro a usar. Si, era una sombra de mi, de aquella chica que siempre iba tan mona, tan arreglada, que era tan independiente, tan auto-suficiente. No quedaba nada de mí, absolutamente nada. Veía a la gente que llegaba de la calle por la otra parte, gente bien peinada, bien vestida, arreglada, y sentí que no había mayor cura de humildad para mí que aquella. Sentía una mezcla de emociones, pero la principal era el orgullo, sí, no tenía nada, nada externo de lo que tenía el resto de gente que llegaba de la calle, y sin embargo me sentía orgullosa, orgullosa porque paradójicamente lo tenía todo. Todo en mí, todo en lo interno. En aquel momento era más “Mariu” que nunca, más espíritu, más alma, más esencia. Y ya nunca olvidaría aquel momento en el que tan cerca me sentí de lo que de verdad importa.

Conseguí ponerme de pie, bien agarradita a los apoyos claro, y me hicieron las dos placas, en una tenía que inspirar y en otra expirar. Recuerdo que en esos minutos pedí con más fuerza que nunca que todo fuese bien, porque si no iba bien… No sabía que sería ya de mí ni de mi fuerza.

La luz:

El momento de humor del día, al despertarme y desayunar estaba tan contenta por la liberación que supuso no llevar drenajes desde la tarde del día anterior, que me puse a bromear con mi padre, lo hacía cada día, pero esa mañana especialmente. Le dije lo que llevaba diciendo desde la UCI, que quería una cerveza y que me iba a escapar a por ella porque ya no soportaba un día más sin cerveza bien fría con aquel calor. Durante toda la mañana bromeamos con ese tema, él se fue a desayunar cuando acabó de darme mi desayuno y en ese lapsus vino el celador a buscarme. Con lo que, cuando mi padre llegó a la habitación, no me encontró allí, con el consiguiente susto. Conociéndome como me conoce pensó por un momento que había cumplido mi promesa de ir a buscar una cerveza, estuvo buscándome por todos los sitios y al ver que no aparecía ¡se lo dijo incluso a una enfermera! Yo por mi parte, mientras el celador me bajaba iba riéndome pensando en la cara que pondría mi padre cuando no me viese en la habitación después de insistirle tanto en que me iría a por una cerveza si o sí.

La sombra:

Esta sombra fue la mayor y más oscura de todo mi proceso, la sombra que pondría a prueba mi resistencia y mi fuerza para no rendirme ante lo que fue y recuerdo, como una de las mayores adversidades de mi vida en cuanto a sufrimiento y dolor.

Al mediodía llegó el Dr. Cofiño con mis placas y cara muy seria, yo estaba sentada con mi padre en mi habitación viendo la tele, el Doctor se puso enfrente de mí y me dijo lo que nunca quise oír. El pulmón derecho seguía mal, debían ponerme un nuevo drenaje. Pasaron horas, días, siglos, eones en aquellos segundos, la cabeza empezó a darme vueltas, la desolación más absoluta se apoderó de mí.

.- No, no, no, otra vez no. Le dije con mi hilo de voz, no podía ni hablar, ni siquiera respirar.

El Doctor me miró y me dijo que debían hacerlo, el pulmón no estaba bien, recuerdo que le enseñó en la ventana la placa a mi padre y yo, yo me  puse a llorar. Las lágrimas más sentidas, con más dolor y más sufrimiento de toda mi vida. ¿Cómo explicar lo que sentí en aquel momento? Mi mundo se vino abajo por completó, se derrumbó en unos segundos y yo, yo ya no sabía si podría tolerar ese pasito atrás, esa nueva tortura, porque no hay palabra que defina mejor lo que supusieron esos tubos, “tortura”, sin más, sin menos.

Mi padre intentó consolarme, pero  yo solo podía llorar y llorar, le pedí que saliese fuera, que me dejase un momento sola, lo necesitaba, y justo en ese momento, cuando me sequé las lágrimas y me recargué con la poquita fuerza que ya me quedaba después de todos los “vapuleos” de tantos días de malas noticias, cuando decidí que lucharía con todas mis fuerzas para no hundirme en aquel pozo de desesperación que se abría ante mí,  publiqué en la red social las novedades, sabía que mucha gente estaba pendiente de noticias, muchos estuvieron esa noche apoyándome, mandando reiki a mi pulmón, energía, luz verde de sanación y yo quería informarles antes de que el dolor me impidiese nuevamente hasta coger el móvil. Esto fue lo que publiqué:

Bueno, pues ahora sí, la vida se ensaña conmigo y SI queridos amigos, HABEMUS NUEVA INTERVENCIÓN torácica del lado derecho, vuelve mi gran calvario de nuevo, no hay más opción…
Me lo acaban de comunicar y yo, yo solo pude llorar, ni siquiera pronuncié palabra, no protesté, ni siquiera me quejé, tan solo desolación, nada más, nada menos.
Pero me he calmado, y he pensado que la vida me bendice con un nuevo reto que si me ponen delante es porque puedo afrontarlo, ahora sí amigos, esta es la prueba de fuego para medir mi valentía, y no pienso fallar. ¡Las valientes NO se rinden!
Me he sorbido mis lágrimas, he levantado la cabeza con determinación y VOY A POR ELLO, ¡NO me pienso rendir!
Si este es el precio de mis alas, ¡PONME DOBLE! Y luego, luego VUELO!
¡Me intervienen en minutos chicos! ¡Vamos a por ello! ¡Mucha luz por favor!!!

El Doctor se fue a preparar todo para colocarme el nuevo drenaje, la nueva “estacada” que tanto dolor físico y emocional me causaría en esos días. Vinieron los celadores y enfermeras a colocarme de nuevo en la cama para la intervención, yo me puse nuevamente a llorar cuando llegaron, y recuerdo con cariño como me dieron besos en la mejilla para calmarme e intentaron animarme y darme fuerza en aquel momento aciago. Si ellos supieran cuanta luz me aportaron en aquel momento…

Llegaron los Doctores. Mi suplicio, mi tortura, mi martirio volvía, pero esta vez con más saña que nunca.

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