Era diciembre de 2015 cuando empecé a oír hablar de ti, ¡de todo lo que se nos venía encima decían contigo! Numerológicamente eras un año de los de apretar fuerte los dientes, de los de conseguir “bailar” sin perder el equilibrio en tus vaivenes como primer gran reto del año. Eras un año 9. Año de finales. Año de “LIBERACIÓN”.

Y efectivamente pasó lo que tenía que pasar, lo que se anunció a bombo y platillo antes de que llegases a nuestras vidas como ese “remolino” que fuiste. Claro y conciso. Sin medias tintas. Como a mí me gusta. Debíamos aprender SI o SI, o eso, o ahogarnos en tu caos que aún hoy, algunos no entienden.

Yo estaba preparada para ti, inconscientemente llevaba meses y me atrevo a decir años, preparándome para ti. Estoy segura que tú lo sabías. ¡Claro que lo sabías! Y viniste directo a mí, sin desvíos, sin rodeos. Un huracán, eso fuiste. Un tsunami. Un tornado. Me embestiste con fuerza y sin tacto, arrasaste con todo, todo lo que yo creía tener, todo lo que identificaba como mío en mi ignorancia. TODO. Todo menos “yo”. Yo esencia. Yo y solo yo. El resto se fue en aquella primera tormenta del año. La mía.

Pero con eso y con todo, lo mío contigo no ha sido amor-odio, todo lo contrario, ha sido amor-AMOR, amor del bueno, amor del que se queda contigo para siempre, como todas esas lecciones que me enseñaste casi a trompicones y sin previo aviso al poco de llegar a mi vida.

Te estimo, te quiero, y te AMO 2.016.

Yo he podido ver más allá de tu apariencia, esa de maestro severo de la vieja escuela duro e inflexible con tus pupilos. Y aunque algunos aún a fecha de hoy te consideran el “enemigo” en forma de año, yo siempre te consideraré mi mejor momento. Y posiblemente, mi mejor año hasta la fecha.  ¿Si has sido duro? No tanto. Has sido más bien visceral. Claro. Sin rodeos innecesarios, poniendo a cada cual cara a cara con sus demonios. Liberando, cortando, deshaciendo y sobre todo mostrando, enseñando, invitando a evolucionar de forma a veces un tanto brusca para algunos, y no tanto para los que ya sabíamos a lo que nos enfrentábamos desde mucho antes de que nos presentasen formalmente aquel 1 de enero.

Año 2016, después de los “siglos” bajo  mi percepción que he vivido a tu lado, hoy me toca despedirme de ti… Ya te vas, y te vas discretamente, con sigilo ¡quién lo diría de ti! Con todo el revuelo que has ocasionado en tu paso por nuestras vidas. Y a mí, que soy una ñoña sentimental, me da hasta pena despedirte. Aunque ya sé lo que me vas a decir: “Desapego”, me lo has repetido cientos de veces en este año, y me has puesto cientos de ejemplos prácticos. Créeme ¡he aprendido la lección!

Pues mi más querido año, ¡ha llegado la hora! El fin de tu contrato, las cuentas claras, mis sumas, mis restas, y mi saldo final:

  • Acabo el año con unas cuantas cicatrices más.
  • ¡Y con un inquilino “desahuciado” en mi cerebro!
  • Sumo un nuevo tatuaje que relata mi proceso.
  • Más amor que dolor. Más alegrías que penas. Más humor que dramas.
  • Añado en mi haber unas cuantas lecciones magistrales enseñadas con la impecabilidad de los grandes Maestros, aprendidas con la aplicación de las buenas alumnas, porque lo he sido… ¿a qué sí? , me has enseñado:

Que la vida es HOY, ahora, en este instante. Que el mañana no existe.

Que no existe el drama. Existen tan solo los sucesos, y es nuestra percepción la que los convierte en “buenos” o “malos”. Elegir convertirse en víctima de las circunstancias o no. ¡Esa es la cuestión!

Que el dolor se compensa con amor, y que el horror se compensa con humor.

Que las tormentas pasan, que el sol siempre sale. Sol, esa medicina perenne que prometí no dejar que me arrebatasen más entre el gris de las oficinas sin alegría.

Que somos/tenemos nuestra propia medicina interna para vencer cualquier obstáculo, siempre y en todo caso. Y me has enseñado a buscarla, a encontrarla, a sanarme, a salvarme.

Que la fuerza de la intención arrasa con todo. Puede con todo. Vence a todo.

Juntos hemos trabajado la paciencia. Esa virtud que nunca pensé tener. Y me has enseñado a pedir ayuda. A ser más humilde. A agradecer cada mañana. A agradecer tanto como tengo. A agradecer y festejar cada día solo por el hecho de estar viva.

¿Y sabes qué? También me has enseñado a amarme más y mejor. A saber con certeza que si quiero, yo puedo. En todo. Para todo.

Has sido el año del golpe sobre la mesa. Del punto y final. Del todo o nada. De la tormenta brusca que arrasa con todo lo que sobra. Que libera. Que limpia. Que depura.

De mi gran LIBERACIÓN.

Y de mi gran BENDICIÓN.

Nunca me cansaré de agradecerte tanto como me has dado, tanto como me has enseñado.

Gracias 2.016. Eternas Gracias.

SIEMPRE… 

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¡GRACIAS por adelantando por ayudarme en mi proyecto de vida!

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