El domingo del finde más largo de mi vida, y después de casi cinco días intensos en la UCI, me anunciaron que me subirían a planta el lunes por la mañana ¡por fin!

¡Estaba feliz! Había muchas razones para estarlo, y una de ellas, aunque parezca muy banal para quien no sepa lo sentido por mí en esos días, ¡era poder ver el cielo por fin!, poder volver a “conectarme” a la vida simbólicamente a través de una ventana.

La noche anterior a subir a planta fue la peor noche en el hospital hasta aquel día, “la noche del dolor” de la que hablo aquí, pero esa mañana, a pesar de todo estaba contenta, suponía que a partir de ese día ya todo iría bien y que el dolor espantoso iría poco a poco remitiendo, consideraba imposible soportar más dolor que el de aquella noche, con lo que, ¡ahora solo podía ir todo a mejor! eso pensaba ¡ilusa de mí!… Los peores momentos, estaban aún por llegar.

Esperaron a las doce de la mañana, hora de visita de mi familia, para subirme a planta. ¡Y llegó! ¡El gran momento llegó! Vinieron los celadores, me prepararon mis mil tubos para poder desplazarme y me cambiaron de cama… ¡yo estaba sonriente y feliz!  Me despedí de las enfermeras e intensivistas que estaban allí, y les prometí que volvería a despedirme nada más me diesen el alta. Me fui con más agradecimiento del que nunca imaginé sentir y con mucho, muchísimo amor por todo lo que allí había sucedido, por las luces y por las sombras, por el amor y el dolor, por las bromas, por las risas, y también por los momentos de oscuridad, porque todo ello formaba ya parte de mi historia, parte de mi vida, y aunque cinco días no parezcan muchos en comparación con una vida, en percepción para mí fueron años, o quizá siglos, con lo que, la parte más larga de mi vida estuvo allí, condensada en lo que los calendarios llaman días. Mucho aprendizaje, mucho dolor, pero también mucho, mucho amor, por la vida, por mí, por las lecciones, por mi familia, por los profesionales que me cuidaron… Amor, amor y más amor, más del que nunca me imaginé sentir.

Mi Luz:

Ese día hubo un momento que recuerdo con especial cariño, el momento en que por fin salí de la UCI en la cama de hospital y por fin lo vi, VI EL CIELO, mi añorado cielo. Había una ventanita en el pasillo nada más salir, creo que jamás se me borrará la imagen de lo que vi aquel día y como lo amé, el cielo ese día se puso sus mejores galas para recibirme de nuevo, estaba azul intenso y con algunas nubes, estaba radiante, como lo estaba yo. Fueron apenas segundos los que tuve para verlo, pero jamás se me olvidará esa imagen, la retengo en mi mente como la mejor de mis “fotografías”, la mejor de mis imágenes, la imagen que me re-conectó de nuevo a la vida. Si me piden que le ponga un momento y una imagen al sentimiento de plenitud, le pongo esa sin ninguna duda. En ese momento me sentí la mujer más plena y feliz de la Tierra. Y lo fui. Mucho.

Mi Sombra:

Después de este momento maravilloso, llegó un momento duro, muy duro… el primero de los tantos momentos duros que viviría allí en planta.

Nada más llegar a la habitación, con las margaritas de mi hermana ya colocadas en un jarrón, mis libros, mis cosas, mi familia que ya no se tendría que ir en media hora y podría estar más tiempo conmigo, ¡estaba exultante y feliz! Y también tenía muchas ganas de “ir al baño” después de cinco días en UCI, era normal,  así que, como tenía demasiados tubos conmigo y aún no podía levantarme ni moverme, me ofrecieron traerme un váter móvil a la habitación, y así lo hicieron, me levantaron entre celadores y enfermeras con muchísimo cuidado, porque tenía demasiadas cosas conmigo entre drenajes y vías, aparte de muchísimo dolor al mínimo movimiento y allí me sentaron, me pusieron cerquita el pulsador para llamarles y me dejaron allí sola.

Segundos, pasaron tan solo segundos y comenzó la pesadilla, sudores fríos, dolor extremo, mareo. Creo que en la vida me vi en una situación igual de indefensión, ahogo, malestar, dolor insoportable, así que como pude llamé para avisar, enseguida vinieron a ayudarme, entre celadores y enfermeras volvieron a echarme en la cama, yo seguía con sudores fríos y gimiendo de dolor. No podía casi ni respirar. Imposible. Insoportable. El dolor de los drenajes era desgarrador, tormentoso, agonizante, como nunca jamás pensé que podría doler nada. No hay palabras para explicar el calvario que comenzó en aquel momento, lo recuerdo y me sobrecojo ante semejante martirio que empecé a vivir ese día. No podía ni hablar, ni llorar tan siquiera, solo gemía, gemía y sufría, preguntándome por qué, pedía ayuda, suplicaba ayuda al Universo, desesperación, me mordía los labios de dolor, más llagas, no podía soportarlo, el dolor me desgarraba, me desgarraba, me “mataba”, así lo sentía, así lo sufría. Me pusieron más calmante y allí me quedé en la cama, en cenizas una vez más, gimiendo y sufriendo como nunca antes había sufrido, durante una hora, dos, tres… No lo sé, no lo recuerdo, pero si sé que estuve allí inmovilizada de dolor, en cenizas, hasta mucho tiempo después.

Y el dolor remitió.

Y las cenizas se recompusieron un poquito.

Y volví a sonreír. Porque mi sonrisa era “mi luz” ante el horror, ante el dolor.

Y aprendí que nada podría conmigo, ni el dolor desgarrador, ni la desesperación más absoluta.

Nada. Absolutamente NADA.

Y me sentí en paz. Y con Amor. Con mucho mucho Amor.

 

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