Y también hubo sombras allí en la UCI, claro que hubo sombras… Sin las sombras, las luces no resplandecerían tanto, sin las sombras no hubiese aprendido todo lo que hoy sé, no amaría la vida con tanta intensidad y no sabría de cuanto somos capaces solo con la actitud y la fuerza de la intención. Porque aprender a transmutar las sombras en luces fue lo que me ayudó a renacer con más fuerza y ganas que nunca. Fue una de mis grandes lecciones, de mis grandes aprendizajes. Hoy sé, y sé porque lo he vivido que nunca habrá suficiente “sombra” como para impedirme ver la “luz” que hay en todo. Gran lección de vida.

Lágrimas:

El día en que me desperté del coma, aquella tarde en que mi familia consideró conveniente no molestarme, yo lloré cuando finalmente supe que ellos no vendrían. Simplemente lloré, lloré y lloré, quizá no tanto por el hecho, como por la necesidad de llorar todo lo que había pasado. Fueron mis primeras lágrimas en todo este proceso. Fueron necesarias, hoy lo sé, pero en aquel momento solo sentí desolación, mucha desolación.

lágrimas

Soledad:

Mi familia solo podía entrar media hora por la mañana y media por la tarde, una hora en total, a veces los dejaban un poquito más, a veces un poquito menos, el resto del tiempo, desde mis noches sin dormir, hasta los días eternos, estaba sola, sin nada, sin nadie. La soledad pesaba sobre todo en los momentos en los que no me podía valer por mi misma, al comer, al intentar coger mis cosas, al sentirme una inútil para las cosas más básicas, y en las noches de dolor insoportable.

 soledad

Los malditos tubos:

El día que desperté del coma, tenía un dolor fuerte en el costado derecho sin saber por qué, ese día fue muy confuso, de caos, estaba sin estar, despertaba y dormía constantemente, recuerdo que me hicieron unas placas echada en la cama, y recuerdo que el intensivista que estaba ese día me hizo algo en el costado, recuerdo que me pinchó, me dijeron que era anestesia local y ya no supe más.

Neumotórax, tenía neumotórax como daño colateral de la intervención y “eso” que me hizo, fue ponerme el primer drenaje en el costado, un tubo fino que no sirvió de mucho, ¡pero esa es otra historia!

El día después de despertar del coma, como era habitual me hicieron placas por la mañana, yo no sabía para qué, imaginaba que era rutinario, y quizá lo fuese, pero en mi caso era por algo más, las placas eran por el neumotórax bilateral que aún no sabía que tenía.

Recuerdo que esa fue la primera vez que vi al Dr. Cofiño, el cirujano torácico y excelente profesional que llevaría mi caso, se sentó en mi cama y me explicó que debía hacerme una nueva intervención. Volví a llorar. No quería, no no no… otra vez ¡no! Solo quería que dejasen de “hacerme cosas” como luego le dije a mi familia.

En ese momento me puso mi segundo “tubo” = drenaje, esta vez mucho más gordo y en el lado izquierdo. El neumotórax era bilateral desgraciadamente, lo que alargaría mi estancia en la UCI. Sin yo saberlo ese fue el principio de mi gran sufrimiento, de mi martirio, de mi agonía. En aquel momento no me podía imaginar todo el dolor que soportaría luego debido a esto.

lluvia desolación lágrimas

La noche del Dolor:

Dolor hubo mucho. Muchísimo. En la UCI empezó el dolor que me acompañaría luego como una constante en aquellas noches eternas de hospital sin poder dormir. Pero la peor noche sin duda fue la última, esa noche estuve hasta las tres de la mañana con la luz encendida, intentando soportar el dolor con la música, con mi libro, aunque el dolor era tan fuerte que nada me servía, nada me calmaba. Aquella noche empecé a hacerme llagas en los labios, morderme los labios era lo único que podía hacer frente al dolor, no tenía ni siquiera fuerza en las manos para apretar y aguantar. El dolor era tan espantoso que con el hilito de voz que tenía en aquel momento, llamé a la enfermera, (aún no sé de donde saqué la fuerza), para que me pusiese más calmante. No podía soportar más dolor.  Aquella noche hubo sudores fríos como nunca antes había tenido, el dolor era insoportable, inaguantable. Sin yo saberlo aún, ese fue el inicio de mi gran tormento.

Y también hubo lágrimas, lágrimas de dolor, pero sobre todo lágrimas de impotencia. El dolor era tan fuerte que esa noche apenas había cenado, me dolía incluso coger la cuchara, hacer cualquier movimiento por mínimo que fuese era un auténtico suplicio. Así que horas después, a pesar del dolor tenía hambre. En la mesita tenía la tarta de avellana que mi abuela me había traído, quería comer un trocito, quería la tarta de avellana de mi abuela porque tenía hambre, pero también la quería para recargarme de fuerza, para sentirme “acompañada” en aquella noche horrible, quería esa tarta, necesitaba esa tarta más que nada en el mundo, así lo sentí. Estaba cerca, muy cerca de mí, intenté cogerla y no pude. No podía mover los brazos apenas, dolor, calambres en las manos, y no llegaba, no alcanzaba, a pesar de estar a centímetros de mí. En ese momento empecé a llorar largo y tendido, había un poco de todo en esas lágrimas, había impotencia, había dolor, había rabia, había soledad y había desolación, había mucha desolación.

Recuerdo aquella noche como una de las peores noches de mi vida, aunque en aquel hospital hubo más noches así, muchas más.

Esa noche visualicé el tatuaje que tiempo después me hice y hoy llevo con orgullo, nunca me imaginé con un tatuaje grande, pero aquella noche decidí que el tatuaje que saliese de aquel proceso tan duro como bello, sería tan grande como el dolor que sentí ese día, como la fuerza que tuve que hacer para “resistir” y no hundirme, y tendría tanto significado como aquella noche que ya nunca olvidaría.

 desolación dolor

Impotencia:

Me volví inútil, totalmente inútil. Estaba llena de vías, de tubos, de historias. La cuestión es que me costaba un mundo mover las manos, coger cualquier cosa e incluso llevarme la cuchara a la boca o agarrar el vaso del agua, tenía las manos hinchadas, inútiles, con calambres continuos. Las pajitas para las sopas, purés, cafés y agua fueron mis aliadas para poder comer. Coger la cuchara era casi imposible para mí y llevármela a la boca mucho más. El problema es que poco a poco iban incorporando comida más solida a mi dieta y debía utilizar tenedor al menos. Impotencia, frustración, me dolían las manos, calambres, a duras penas podía comer estando sola y en casi todo momento lo estaba, solo en un par de ocasiones coincidió la comida con la visita de mi familia y ellos me ayudaron a comer. El resto del tiempo, lágrimas de frustración, impotencia, mucha, muchísima impotencia.

impotencia frustración desolación

Noches eternas:

Si los días eran largos, larguísimos, las noches lo eran aún más. Temía a las noches porque en mi percepción,  juro que duraban años, o quizá siglos. No podía dormir demasiado, estaba incómoda con todas las cosas que llevaba encima, ni siquiera podía moverme, sentía dolor, así que solo podía cerrar los ojos y esperar a que fuese de día. En esas noches venían cada poco a comprobarme el fondo de mis ojos, a reponerme calmantes, etc… y yo les preguntaba la hora, a todos,  a cada momento, a cualquiera que se asomase, y la noche no pasaba, nunca pasaba… juro que el tiempo se detenía en aquellas noches sin fin.

noches eternas en la uci

El cielo:

Eché de menos muchas cosas allí en la UCI despojada de todo, pero una de las que más me pesaba era no poder ver el cielo, el sol, las nubes, la lluvia, ¡daba igual!, necesitaba casi tanto como respirar, ver “la vida”, aunque fuera a través de una ventanita, pero “ver la vida” al fin  y al cabo, y el cielo era vida para mí, lo era todo. Una de las razones principales por las que suspiraba por subir a planta era esa, ni más ni menos, tener una ventana y a través de ella “conectarme” a la vida.

.- “Quiero ver el cielo”, cada día se lo repetía a quien me quisiese escuchar. Todos los días le preguntaba a las enfermeras que entraban como estaba el día, cerraba los ojos y lo visualizaba, me veía sana, feliz, sonriente paseando, sintiendo el sol o mojándome con la lluvia, sentada en plena Naturaleza, escuchando de nuevo a los pajaritos, conectándome de nuevo a todo lo que tanto amaba. Sentía añoranza, mucha. Esa fue la primera vez que no vi el cielo durante tantos días, algo tan “normal” para casi todos se volvió uno de mis mayores pesares allí. En aquellos días me juré que cuando saliese de allí llenaría mis días de “cielo”, de sol, de vida, que no habría ningún día más de salud “encerrada” en una oficina con el tono gris de sin vida, de sin alma, de sin cielo.

Desde entonces fotografío nubes y cielos allá donde voy. Nubes y cielos como símbolo de “vida”, como símbolo de libertad.

ventana, cielo

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR

¡Únete a mi Tribu!

¿Eres un Soñador/a? ¿Un Viajero/a? ¿Necesitas inspiración para vivir, viajar, soñar, cumplir?

¡Pues únete a mi Tribu! Te llegarán actualizaciones con novedades, información viajera, post inspiradores, pero nada de Spam ¡prometido! (¡lo odio tanto como tú!)

¡Bienvenido/a a la Tribu! Confírmalo en tu email.