El despertar en la UCI

Tengo mucho sueño. No puedo abrir los ojos. Me siento confusa. Estoy aturdida.

Yo solo quiero dormir, dormir, dormir…

¿Ya se ha acabado todo?

Me duermo. ¿Estoy soñando? O quizá no. No lo sé. No sé nada. Nada de nada. Realidad y sueños se entremezclan en el día más extraño de mi vida. Sueño, o eso creo, con una resonancia. Y noto que algo se mueve. Vuelvo a dormir profundamente, dejo de soñar, desaparezco nuevamente en mi “no tiempo – no estar – no ser”. Oigo voces alrededor. Quiero abrir los ojos, pero no puedo. Y entonces me preguntan…

¿Por qué me preguntan?

No quiero hablar.

No puedo hablar.

Me preguntan de dónde soy.  Me escucho por primera vez en los siglos pasados desde mi percepción. Tengo tan solo un hilo de voz,  respondo lento, arrastro palabras sueltas e inconexas que suponen el mayor de los esfuerzos, ni siquiera puedo vocalizar. Estoy atontada, aturdida, torpe. No puedo abrir los ojos. Y ni siquiera quiero abrirlos. Tan solo quiero que se vayan. Que me dejen dormir de nuevo…

Asturias…

Trabajo, Valencia.

No quiero trabajar,

Quiero irme por el mundo,

“La Gozadera”, les hablo de “La Gozadera”.

Sonrío, o eso creo, quizá la sonrisa esta vez no sea externa, a lo mejor es interior. Pero sé que sonrío. Recuerdo. “La Gozadera”. Y mi sueño. Y sonrío. Porque lo conseguiré. Y volveré a bailar. Y volveré a viajar. Lo haré. Y entonces  me vuelvo a dormir, profundamente. Nuevamente con mi sueño en mente. Como antes, como siempre.

Alguien me arranca algo pegado a mi nariz. Lo agradezco. Respiro mejor. Sigo sin poder abrir los ojos. Mi hilo de voz les da las gracias. Vuelvo a sonreír, o eso creo. Me alegro. Quizá ya haya acabado todo. Noto que me duele mucho la garganta.

Y me vuelvo a dormir. Plácidamente. En paz.

Me despiertan de nuevo. Consigo entreabrir los ojos. ¡Mi familia está conmigo! Mi padre, mi madre, mi hermana. Y llevan una bata verde. Y sonríen. Y me rodean. Y me acarician. Y me hablan despacito. Si, definitivamente ya he salido de quirófano. Vuelvo a cerrar los ojos, me cuesta mantenerlos abiertos. (Días después me enteré que estaba totalmente hinchada, la cara, los ojos…)

Mi padre está en la esquina de la cama. Necesito saber. Tengo que saber. Quiero preguntar.  Es muy importante. Y me cuesta. Me cuesta mucho, farfullo, arrastro la lengua. Y finalmente lo consigo:

Papá ¿han conseguido quitarme el tumor entero?

.- Sí.

¿Tendré que hacer radioterapia?  

Lo veo  negar con la cabeza, .- No.

Siento alivio. Un gran alivio. Vuelvo a sonreír, esta vez mi sonrisa es externa. Lo siento. Lo sé.  Siento paz. Mucha paz. Cierro los ojos de nuevo. Me vuelvo a dormir. Los entreabro. Necesito estar con mi familia. Quiero ver a mi familia. Quiero hablar con mi familia. Pero no puedo. Me duermo, me duermo, me duermo…

Despierto de nuevo. Le pido miel a mi madre, siento mucho dolor en la garganta. Me Duermo. Despierto. Entreabro los ojos de nuevo y por primera vez me miro. Tengo muchos cables. Muchas agujas. Muchas cosas. Cosas en el pecho. En los brazos. En la cabeza. En la pierna. Y el brazo derecho amoratado. Me asusto. Me siento incómoda. Y vuelvo a dormir y a despertar en tan solo segundos. Entonces vuelvo a hablar de “La Gozadera”, le digo a mi hermana que los enfermeros no sabían cantarla. Y sonrío. Y la recuerdo. Y se la pido. Y “La Gozadera” me calma. Me tranquiliza. Me da esperanza.

Mi mente no se olvida de mi gran sueño.

Me viene a la cabeza el Machu Picchu. Hablo del Machu Picchu. Quiero ir al Machu Picchu. Y escandalizo a todos los allí presentes con las cosas que se le ocurren a una en el momento en que despierta del coma. Pero es mi sueño. Y lo conseguiré. Claro que lo conseguiré. Y sonrío y duermo. Y despierta y vuelvo a sonreír. Porque seré libre. Lo seré. Y haré realidad mi sueño. Y sigo sonriendo. Y sigo soñando. Y duermo en paz. Nuevamente.

Mis padres se van.

5 minutos. Esa fue la duración de la visita de mi familia según supe luego.

Y Me quedo sola.

Y duermo.

Me despiertan, me hacen pruebas. Me doy cuenta de que me duele mucho el costado derecho. Me quejo. Viene un médico y varias enfermeras. Recuerdo que me pincha en ese lado, creo oír que es anestesia local. No quiero que me pinche. Me quejo y no entiendo nada. Días después supe que en ese instante me acababan de poner el primer drenaje en los pulmones, tenía neumotórax.

Yo solo sé que no sé nada. Nada de nada.

Ya no existe el tiempo para mí.

Duermo y despierto constantemente durante todas las horas que siguieron a la visita de mi familia. Me despiertan y me preguntan sin parar. Me miran los ojos. Me tocan. Me ponen. Me quitan. Una enfermera me dice que mis padres volverán a las 19:00h. Y Sonrío. Quiero hablar con mis padres. Quiero saber. Necesito que me cuenten. Se acercan las 19:00h, la enfermera me avisa. Espero a mis padres. Estoy ansiosa. Impaciente. Quiero estar despierta.

Pasa el tiempo.

No llegan.

Le pregunto a la enfermera. Las visitas pasan y mi familia no está. Una enfermera llama por teléfono a mi madre.

No vendrán.

Es comprensible por la mañana solo les dejaron estar cinco minutos y viendo mi situación, no creían procedente volver, ni siquiera sabrían si estaría despierta y pensaron que viendo mi estado, sería acertado dejarme descansar hasta la visita del día siguiente. Villaviciosa queda lejos de Oviedo.

La enfermera me lo dice. Me lo explica. Y yo cierro los ojos. Trago saliva. Aguanto, pero…

No puedo evitarlo y me pongo a llorar.

Y quiero dejar de llorar pero no puedo. Y ni siquiera puedo limpiarme las lágrimas. Solo me giro y lloro. Lloro en silencio. Lloro sin consuelo. Y entonces sucede, una de las “angelitas terrenales” que me cuidaron en la UCI, me seca las lágrimas, y me coge la mano, me anima, está conmigo. Le apena verme llorar, lo sé, lo siento. Con todo el cariño del mundo me habla y me explica, me dice que mis padres pensaron que era lo mejor para mí. Lo entiendo, pero sigo llorando. No quiero llorar, pero no puedo evitarlo.

En mi confusión de ese día creo que acabo de salir de quirófano, días después supe que acababa de despertar del coma inducido en el que había estado la última noche y el último día, pero ¿qué más daba? No importaba. Estaba inmersa en el “no tiempo”. Ese día no cuestioné, no pregunté, no me extrañé ¿qué más daba el tiempo medido?

Y en esos días aprendí que los relojes mienten, y los calendarios mienten, el tiempo deja de existir en una situación extrema. No hay minutos,

No hay horas,

No hay segundos,

No existe NADA.

Es el “no tiempo”.

Quizá el estado esencial de nuestra alma.

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