El despertar en la UCI

Sueño. Tengo mucho sueño. No puedo abrir los ojos. Confusión. Caos. Aturdimiento. Quiero dormir. ¿Ya se ha acabado todo? Me duermo. Estoy soñando o quizá no. No lo sé. Todo se entremezcla con la realidad. Sueño con una resonancia. Algo se mueve. Vuelvo a dormir (o quizá a no estar). Oigo voces alrededor. No puedo abrir los ojos. Me preguntan ¿por qué me preguntan? No quiero hablar. No puedo hablar. Me cuesta hablar. Me preguntan de dónde soy. Hilo de voz, respuesta lenta, palabras que se arrastran,  ojos cerrados, imposible abrirlos:

Asturias…

Valencia,

No quiero trabajar,

Quiero irme por el mundo,

“La Gozadera”, les hablo de “La Gozadera”.

Sonrío, o eso creo, quizá la sonrisa esta vez no sea externa, quizá sea interior. Pero sé que sonrío. Recuerdo. “La Gozadera”, quiero escuchar “La Gozadera”.

Todo negro de nuevo. Desaparezco. Vuelvo a no estar. Alguien me arranca algo pegado a mi nariz. Lo agradezco. Respiro mejor. Sigo sin abrir los ojos. Un hilo de voz les da las gracias. Vuelvo a sonreír, o vuelvo a sentir la sonrisa, quizás de nuevo sea interna. Me alegro. Quizá ya haya acabado todo. Me duele la garganta. Me cuesta tragar.

Negro.

Desaparezco.

No estoy.

Entreabro los ojos. Mi familia. Mi padre, mi madre, mi hermana. Llevan una bata verde. Si, definitivamente ya he salido de quirófano. Vuelvo a cerrar los ojos, me cuesta mantenerlos abiertos. Hay más gente, o eso creo, quizás enfermeras, quizás médicos, no recuerdo nada, no sé nada. Mi padre está en la esquina de la cama, necesito saber, quiero saber, necesito hablar, preguntar, me cuesta, me cuesta mucho, pero lo consigo:

Papá ¿han conseguido quitarme el tumor entero?

.- Sí.

¿Tendré que hacer radioterapia?  

Lo veo  negar con la cabeza, .- No.

Siento alivio. Un gran alivio. Vuelvo a sonreír, creo que por fuera esta vez. Siento paz. Cierro los ojos. Duermo. Los entreabro. Quiero ver a mi familia, quiero hablar con ellos, pero no puedo. No tengo voz, y me duermo, me duermo, me duermo…

Semi-despierto de nuevo. Le pido miel a mi madre, siento mucho dolor en la garganta. Cierro los ojos. Duermo. Los entreabro y me doy cuenta de algo. Tengo muchos cables. Muchas cosas. Me siento incómoda. Duermo. Despierto. Y entonces vuelvo a hablar de “La Gozadera”, le digo a mi hermana que los enfermeros no sabían cantarla. Se la pido. La recuerdo. Sonrío. Mi mente no se olvida de mi gran sueño. Cierro los ojos. Duermo. Los abro. Me viene a la cabeza el Machu Picchu, hablo del Machu Picchu, quiero ir al Machu Picchu, en mi mente el ritual de la Pachamama prometido por uno de mis amigos peruanos. Vuelvo a dormir. Despierto.

Mis padres se van.

Todo esto pasó en 5 minutos. Esa fue la duración de la visita de mi familia según supe luego.

Y Me quedo sola.

Dormida.

Me despiertan, me hacen cosas, pruebas. Me doy cuenta de que me duele mucho el costado derecho. Me quejo. Viene un médico y enfermeras. Solo recuerdo que me pincha en ese lado, creo oír que es anestesia local. No sé nada. No entiendo nada. Días después supe que en ese instante me acababan de poner el primer drenaje en los pulmones, tenía neumotórax. En ese momento vacío y nada.

Absolutamente nada.

No tiempo.

No espacio.

Duermo y me semi-despierto constantemente, me preguntan, me miran los ojos, me tocan, me ponen, me quitan. Una enfermera me dice que mis padres volverán a las 19:00h. Sonrío, esta vez soy consciente de que lo hago externamente. Quiero hablar con mis padres, antes apenas podía. Quiero saber. Necesito que me cuenten. Se acercan las 19:00h, la enfermera me avisa. Espero a mis padres. Quiero estar despierta. Pasa el tiempo, no llegan. Le pregunto a la enfermera. El tiempo pasa. Las visitas pasan y mi familia no está. Una enfermera llama por teléfono a mi madre. No vendrán. Es comprensible por la mañana solo les dejaron estar 5 minutos y viendo mi situación, no creían procedente volver, ni siquiera sabrían si estaría despierta o cómo. Villaviciosa queda lejos de Oviedo. La enfermera me lo dice. Cierro los ojos. No puedo evitarlo y me pongo a llorar. Siento mis lágrimas deslizarse hasta la almohada. Quiero dejar de llorar pero no puedo. Y entonces sucede, una de las “angelitas terrenales” de la UCI, me seca las lágrimas, me coge la mano, me anima, está conmigo. Le apena verme llorar, lo sé, lo siento. Con todo el cariño del mundo me habla y me explica, me dice que mis padres pensaron que era lo mejor para mí. Lo entiendo, pero sigo llorando. No quiero llorar, pero no puedo evitarlo.

En mi caos creo que acabo de salir de quirófano, días después supe que en ese momento acababa de despertar del coma inducido en el que había estado la última noche y el último día, pero ¿qué más da? No importaba. Estaba inmersa en el “no tiempo”. Ese día no cuestioné, no pregunté, no me extrañé ¿qué más daba la hora, el día, el tiempo medido?

Los relojes mienten, los calendarios mienten, el tiempo deja de existir en una situación extrema. No hay minutos, no hay horas, no hay segundos, todos los tiempos se entremezclan. No existe NADA. Es el “no tiempo”.

Quizá el estado esencial de nuestra alma.

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