Y llegó el día, el día de mi ingreso hospitalario, mi día más temido desde el principio, habían llegado esas horas que presuponía tan terribles de incertidumbre y de espera en un lugar ajeno,  lejos de todo lo que conocía y me daba fuerzas, mi casa, mi cama,  mis cosas, horas de espera sabiendo el motivo, “me iban a abrir la cabeza”. Yo sabía que ese era el día en que mi “valentía” se pondría a prueba, ese era el día en que me mantendría firme, o me hundiría por completo, todo podía ser, todo podía pasar.

Y entonces ocurrió el milagro, como tantas veces en esta historia, desde muy tempranito empezaron a llegarme “regalos” de la gente que me apreciaba, ¡que descubrí que era mucha!, es curioso como algo así de “malo” te puede llegar a mostrar todo lo bueno y positivo que tienes en tu vida, todo lo que sin saber has sembrado, y en “vacas flacas” recoges, me llegaron decenas (muchas) de mensajes de apoyo, de audios, de canciones, de llamadas… Todo el mundo quería colaborar ese día, todo el mundo tenía algo bonito que decirme, todo el mundo quería sacarme una sonrisa y mostrarme ese día con más razón que nunca que estaban ahí, que me querían, que me apreciaban, que querían que siguiese en sus vidas, al fin y al cabo ni ellos ni yo podíamos saber qué pasaría luego, creo que, en cierta manera, ese día todos vivimos ese “HOY” sin mañana ni pasado del que hablan los budistas, ese “HOY” que después de todo lo vivido en este proceso, nunca se me olvidará vivir, esa enseñanza que se integró en mí para no olvidarla ya jamás.

Recuerdo muchos mensajes emotivos, muchas llamadas que finalizaron con lágrimas, mucho amor ese día por todo y por todos los que quisieron estar conmigo, y por los que no también, por los que no sabían nada, por los que un día estuvieron en mi vida, todo ese amor que recibí, me hizo sentirme en paz conmigo y con el mundo en general, fue algo grande lo que pasó ese día, muy grande. Aquí tengo que hacer una mención especial, sin desmerecer al resto, del detallazo increíble que tuvo una de mis compañeras, se las ingenió para grabar vídeos durante toda esa semana a muchos de mis compañeros, para que todos pudiesen mostrarme su apoyo o sacarme una sonrisa en ese día tan “terrible” para mí, lo que ellos no saben, o quizá sí, es que esos vídeos me sacaron sonrisas, cierto, pero también me sacaron lágrimas, muchas lágrimas, lágrimas bonitas, lágrimas de emoción, lágrimas de cuando algo te desborda y tienes que drenarlo de alguna manera, esas eran mis lágrimas…

A fecha de hoy me emociono aún cuando releo, rememoro, veo todo aquello. Nunca dejaré de agradecer, nunca.

Entre lágrimas, sonrisas y muchísimas emociones, llegó una de las partes “difíciles” del día, ¡había que prepararse para irse! Me costó un mundo preparar mi bolsa, y  no solo porque nunca había estado ingresada en un hospital, sino porque tampoco sabía lo que pasaría luego, cuantos días estaría allí, y en qué condiciones… así que la hice un poco al tuntún, metiendo un montón de cosas inútiles y algunas que sin yo saberlo aún, me darían “vida” días después dentro de ese hospital, mi ordenador, algún libro, mi mala, mis piedrecitas…

Y si preparar mi bolsa fue difícil, más lo fue prepararme “físicamente”, me tocaba desprenderme de cosas que formaban parte de mí, fue algo muy simbólico para mí y duro, también fue duro, yo sabía la razón por la que me tenía que desprender de todo, al día siguiente entraba en quirófano, ese era mi único mañana, el resto… ¡quien sabe! Empecé por quitarme el esmalte de uñas que siempre llevo, esto que parece tan tonto y que tan a menudo hago, para mí fue lo más simbólico y difícil esta vez. Recuerdo que por alguna extraña razón parecía que el esmalte no se quería ir, me costaba mucho eliminarlo por completo, daba la sensación de que se aferraba a mí como parte de esa vida a la que ya no volvería.

Y seguí con mis pulseritas, esas que siempre llevo junto al reloj,  pulseras viajeras compradas por el mundo, pulseras de momentos y pulseras de personas, pulseras sin ningún valor económico, pero con un gran valor sentimental, mis pulseras “amuleto”, mis pulseras “fetiche” que nunca jamás me quito, que forman parte de mí y de mi recorrido, y ahora me tenía que quitar,  tocaba desprenderse de esa parte de mi vida y de mis viajes con tanto valor sentimental y que tan integradas como parte de mí estaban, y me sentí desnuda, parece mentira el valor tan grande que le podemos dar a unos trozos de hilo,  y ahí comencé a integrar una de las grandes lecciones que me dejó este proceso y que se me volvería a presentar en muchas formas días después: El Desapego.

desapego

Llegamos al Centro Médico de Oviedo donde elegí operarme aquella tarde que nunca olvidaré a las 18h. Trámites de ingreso y primera despedida: mi abuela, ella se quedaría en Oviedo con su  hermana y ya no la volvería a ver hasta días después.

La primera sorpresa vino al ver la habitación, ¡creo que he dormido en hostales con habitaciones peores!, era individual, bonita, sin ese insoportable olor hospitalario que siempre me puso nerviosa y a mi lado una cama que se podía bajar para que durmiese un acompañante, esa noche se quedaría mi hermana conmigo.

Y tengo que decir que ¡la lié!, ¡como no podía ser de otra manera!, ¡transformé esos nervios que pensaba que tendría en ganas de tomarme una cerveza y cachondeo! No estaba nerviosa como yo pensaba, ¡estaba sedienta! (de cerveza of course!) Sabía que no podría tomarme más cervezas hasta quien sabe cuándo, así que, nada más llegar pedí permiso para irme a la cafetería a tomar una bien fría con mi padre, ¡por supuesto no me dejaron!, el neurocirujano estaba a punto de venir a verme y debía estar en la habitación además para otros “trámites pre-operatorios”, así que aunque no estaba yo muy de acuerdo, allí me quedé soñando con una cerveza helada ¡que nunca llegó! Lo que si llegó fue una porción de tarta de chocolate que me trajo mi padre de cafetería después de rogarle de todas las maneras, ¡fue mi capricho de “antes de”!

Recuerdo esos momentos y me tengo que reír, lo que yo visualizaba como una espera tensa y dura, ¡al final la convertí en puro cachondeo y alegría! Recuerdo que me reí mucho, muchísimo, sobre todo con las caras que mi padre ponía cada vez que soltaba una de las mías, faltaban horas para que abriesen la cabeza, y yo ¡seguía de cachondeo! Me sorprendí mucho incluso a mí misma, y vi clara otra de mis grandes lecciones de este proceso, el sentido del humor ¡puede con nuestros peores demonios!

Esto fue lo que colgué al respecto de esos últimos momentos antes de:

16/02/2016

19:40 p.m.
Hace un rato he ingresado en el hospital, lo primero que he dicho ha sido que si podía ir a tomarme una cerveza, ¡y no me dejan! ¡Qué crueeeldaaad! Síndrome de abstinencia, empezamos mal, ¡creo que no saben a quién tienen aquí…! ¡Vivo con miedo de despertarme de la anestesia pidiendo cerveza! Jajja
Pues eso mismo queridos amigos,  a horas de bajar a quirófano me siento bien, tranquila, en paz ¡y a tooope de energía! ¡Más que nunca!!!!!
¡Mañana a las 9 os espero conmigo en quirófano! ¡Vamos a hacer allí una fiesta de buena energía!
(P.D: Centro Médico de Asturias, habitación 306, mi flor favorita son las MARGARITAS, repito MARGARITAS! ¡es coooñaaaaa! ¿coña??! Jajja 😉

¡Que OS QUIERO! ¿vale? ¡OS QUIERO muchísimo! A mi vuelta agradecimientos (que son muchos y no acabo hoy jajja), cervezas prometidas, cenas, fiestas y un LARGO ETC…!

Mis padres se fueron con la promesa de estar allí al día siguiente. Me quedé en la habitación con mi  hermana y ¡empezó el “show” pre-operatorio!

Unas enfermeras me trajeron el camisón, el gel con Betadine con el que me tendría que duchar y lavar el pelo al día siguiente, me explicaron la hora en la que me despertarían y como sucedería todo antes de que me bajasen a quirófano. Luego me vino a ver el neurocirujano junto con el anestesista para explicarme como iría todo, grata gratísima impresión nos causó el anestesista que no conocíamos aún, me hizo sentirme tranquila con respecto a la anestesia y a como iría todo, me dijo que esa noche me daría una pastilla para que durmiese bien y a la mañana siguiente me pondrían un calmante para que bajase relajadísima a quirófano y no fuese tan traumático ese momento. Y el neurocirujano me explicó como sería el corte, finalmente sería como una “diadema” de lado a lado, (…) ¡mi cara debió ser un poema!

Y el “show” siguió con la “fiesta de los pinchazos”, ese día se daba el pistoletazo de salida a todos los que vendrían luego, y vuelvo a repetir, que tengo FOBIA a las agujas médicas. Así que cuando entraron las primeras enfermeras a ponerme las vías para tenerlas listas para el día siguiente, ¡poco más y me desmayo…! (si en ese momento hubiese sabido todo lo que vendría luego…), me eché en la cama y mi hermana estuvo ahí a mi lado, ¡me mareé y todo!, también hubo análisis ¡como no! Para empezar a acostumbrar el cuerpo, ¡no estuvo nada mal!

Pastillita y… ¡a dormir largo y tendido! El gran día ya estaba casi ahí, debía dormir bien aquella noche, yo aún no lo sabía pero,aquella era la última vez que dormiría así en mucho, pero que mucho tiempo…

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